Asombro y escepticismo

Yo era un niño en una época de esperanza. Crecí cuando la expectación por la ciencia era muy alta en los años treinta y cuarenta. Fui a la universidad a principios de los cincuenta y obtuve mi doctorado en 1960. Había un sentimiento de optimismo sobre la ciencia y el futuro. Soñaba con ser capaz de hacer ciencia. Crecí en Brooklyn, Nueva York, y fui un chico de la calle. Vine de un buen núcleo familiar, pero pasé mucho tiempo en las calles, como todos los chicos de entonces. Conocía cada arbusto y cada seto, cada farola y cada porche y cada muro del teatro donde jugar al balonmano chino1. Pero hubo un aspecto de aquel entorno que, por alguna razón, me impactó de forma distinta, y eran las estrellas.

Incluso yendo temprano a la cama en invierno podías ver las estrellas. ¿Qué eran? No eran como los setos, ni siquiera como las farolas; eran distintas. Así que pregunté a mis amigos qué eran. Ellos dijeron, “Son luces en el cielo, chaval”. Yo podía decir que en luces en el cielo, pero eso no era una explicación. Yo quería decir, ¿qué eran? ¿Pequeñas bombillas en largos cables negros, y por eso no se podía ver dónde estaban colgadas? ¿Qué eran?

No sólo nadie pudo contestarme, sino que incluso nadie tenía la sensación de que era una pregunta interesante. Me miraban divertidos. Pregunté a mis padres; pregunté a los amigos de mis padres; pregunté a otros adultos. Ninguno de ellos lo sabía.

Mi madre me dijo, “Mira, acabamos de conseguirte una tarjeta de la biblioteca. Tómala, sube en el autobús, ve hasta la sucursal de Nueva Utrecht de la Biblioteca Pública de Nueva York, saca un libro y encuentra la respuesta”.

Esto me pareció una idea fantásticamente inteligente. Hice el camino. Pregunté a la bibliotecaria por un libro sobre estrellas. (Era muy pequeño; aún puedo recordarme mirándola, ella se estaba sentando.) Se marchó durante unos minutos, trajo un libro de vuelta y me lo dio. Me senté ansiosamente y abrí las páginas. Pero trataba de Jean Harlow y Clark Gable, sentí una terrible decepción. Así que volví a ella y le expliqué (no fue fácil para mi hacerlo) que eso no era en absoluto lo que tenía en mente, que quería un libro sobre las estrellas de verdad. Ella pensó que era divertido, lo que me avergonzó aún más. Pero sea como fuere, volvió con otro libro, el tipo correcto de libro. Lo tomé y lo abrí y pasé lentamente las páginas, hasta que llegué a la respuesta.

Estaba allí. Era impresionante. La respuesta era que el Sol era una estrella, sólo que muy alejada. Las estrellas eran soles; si estás muy cerca de ellas las verías como nuestro Sol. Intenté imaginar a qué distancia del Sol tendrías que estar para verlo como una tenue estrella. Por supuesto yo no conocía la ley del cuadrado inverso de la propagación de la luz; no tenía ni la más remota posibilidad de imaginarlo. Pero me había quedado muy clara la idea de que tenías que estar muy lejos. Mucho más lejos, posiblemente, que Nueva Jersey. La deslumbrante idea de un vasto universo más allá de la imaginación pasó sobre mi. Y ha estado conmigo desde entonces.

Me sentí sobrecogido. Y más tarde (me llevó varios años descubrir ésto), me di cuenta de que estábamos en un planeta – un pequeño y no autoluminoso mundo que iba alrededor de nuestra estrella. Y que todas esas otras estrellas podrían tener planetas alrededor de ellas. Si había planetas, entonces vida, inteligencia, otros Brooklyns — ¿quién sabe? La diversidad de esos mundos posibles me impactó. No tendrían que ser exactamente como nosotros, estaba seguro de eso.

Esto parecía la cosa más excitante para estudiar. No me daba cuenta de que se podía ser un científico profesional; tenía la idea de a lo que habría tenido que dedicarme, no sé, un vendedor (mi padre decía que era mejor que fabricar las cosas), y hacer ciencia los fines de semana y por las tardes. No fue hasta mi segundo año de instituto cuando mi profesor de biología me reveló que había una cosa que se llamaba científico profesional, a quien le pagaban por hacer eso; así que podías pasar todo tu tiempo aprendiendo sobre el universo. Fue un día glorioso.

Aquí llegó mi enorme buena suerte – nací justo en el momento adecuado – por haber tenido, en bastante medida, aquellas ambiciones de la niñez satisfechas. He estado involucrado en la exploración del Sistema Solar, en el paralelismo más sorprendente con la ciencia-ficción de mi niñez. En realidad enviamos naves espaciales a otros mundos. Volamos en ellos; los orbitamos; aterrizamos en ellos. Diseñamos y controlamos los robots: Les decíamos que cavaran y cavaban. Les decíamos que determinasen la química de una muestra de tierra, y la determinaban. Para mi, el continuo de las maravillas de mi niñez y la ciencia-ficción inicial a la realidad profesional ha sido prácticamente sin saltos. Nunca ha sido, “¡Oh, caramba, esto no es en absoluto como lo imaginaba!”, justo al contrario: Es exactamente lo que imaginaba. Y por esto me siento enormemente afortunado.

La ciencia es aún una de mis principales diversiones. La popularización de la ciencia que hizo tan bien Isaac Asimov – la comunicación no sólo de los hallazgos sino de los métodos de la ciencia – se me hace tan natural como respirar. Después de todo, cuando estás enamorado, quieres decírselo a todo el mundo. La idea de que los científicos no hablase sobre la ciencia me parecía totalmente bizarra.

Hay otra razón por la que creo que es importante la popularización de la ciencia, por la que intento hacerlo. Tengo una premonición – tal vez descolocada – de una América en la generación de mis hijos, o en la de mis nietos, cuando todas las industrias de manufacturación se hayan desplazado a otros países; cuando seamos una economía de servicios y proceso de información; cuando impresionantes poderes tecnológicos estén en manos de sólo unos pocos, y nadie represente el interés público en el conocimiento de los temas; cuando la gente (por “la gente” me refiero a la gran masa de población en una democracia) han perdido la capacidad de configurar sus propias agendas, o incluso de cuestionar eruditamente a aquellos que configurar las agendas; cuando no hay una práctica en cuestionar a la autoridad; cuando, agarrando nuestros cristales y consultando religiosamente nuestros horóscopos, nuestras facultades críticas estén en claro declive y seamos incapaces de distinguir entre lo que es cierto y lo que nos hace sentir bien, nos deslizaremos, casi sin notarlo, en la superstición y la oscuridad. CSICOP desempeña un a veces solitario pero aún así – y en este caso la palabra es correcta – heroico papel en intentar contrarrestar esta tendencia.

Tenemos una civilización basada en la ciencia y la tecnología, y hemos ordenado de forma clara las cosas de tal forma que casi nadie comprende la ciencia y la tecnología. Esto es una clara prescripción para un desastre como puedes imaginarte. Aunque podríamos escapar durante un tiempo con esta inflamable mezcla de ignorancia y poder, tarde o temprano nos estallará en la cara, los poderes de la tecnología moderna son tan formidables que no es bastante decir, “Bueno, estoy seguro de que aquellos con la responsabilidad están haciendo un buen trabajo”. Esto es una democracia, y debemos asegurarnos por nosotros mismos que los poderes de la ciencia y la tecnología se usar adecuadamente y de forma prudente, nosotros mismos debemos comprender la ciencia y la tecnología. Debemos involucrarnos en el proceso de toma de decisiones.

Los poderes predictivos en algunas áreas, al menos, de la ciencia son fenomenales. Son en contraargumento más claro que puedo imaginar a los que dicen,”Oh, la ciencia es circunstancial, es como la moda actual; es la promoción de los intereses propios de los que están en el poder”. Seguramente hay algo de esto. Es seguro que si hay una herramienta potente, los que están en el poder intentarán usarla o incluso monopolizarla. Es seguro que los científicos, como seres humanos, crecen en una sociedad y reflejan los prejuicios de la misma. ¿Cómo podría ser de otra forma? Algunos científicos han sido nacionalistas, otros racistas y otros sexistas. Pero esto no socava la validez de la ciencia. Es sólo una consecuencia del ser humano.

Así que imagina – hay muchas áreas sobre las que podemos pensar – imagina que quieres saber el sexo de tu hijo nonato. Hay varias formas de hacerlo. Podrías, por ejemplo, hacer lo que la última estrella del cine a quien Annie y yo admiramos mucho — Cary Grant – hizo antes de ser actor: En un carnaval, o feria, o sala de consulta, suspender un reloj o una plomada sobre el abdomen de la futra madre; si se mueve de derecha a izquierda es un chico, y si se mueve de adelante hacia atrás es una chica. El método funciona una vez de cada dos. Por supuesto él estaba muy lejos de allí cuando el niño nació, por lo que nunca escuchó quejas de los clientes sobre que se había equivocado. Acertar una vez de cada dos – no está mal. Es mejor que, digamos, el acierto de los Kremlinólogos. Pero si de verdad quieres saberlo, entonces usa la amniocentesis, o sonogramas; y tendrás una opción del 99 por ciento de acertar. No es perfecto, pero es muchísimo mejor que una entre dos. Si realmente quieres saberlo, acude a la ciencia.

O supón que quieres saber cuando tendrá lugar el siguiente eclipse solar. La ciencia hace algo realmente asombroso: Puede decirte con un siglo de adelante dónde tendrá lugar un eclipse en la Tierra, y digamos, cuando será la totalidad, con una precisión de un segundo. Piensa en el poder predictivo que esto implica. Piensa en cuanto debes comprender para ser capaz de decir cuando tendrá lugar un eclipse con tanto adelanto.

O (usando exactamente la misma física) imagina el lanzamiento de una nave espacial desde la Tierra, como la nave Voyager en 1977; 12 años más tarde la Voyager I llegó a Neptuno aproximadamente a unos 100 kilómetros de donde se suponía que tenía que hacerlo sin tener que usar los sistemas de corrección a mitad de recorrido que estaban disponibles; 12 años, 5 mil millones de kilómetros, ¡en la diana!

Por lo que si realmente quieres ser capaz de predecir el futuro – no todo, pero en algunas áreas – sólo hay un régimen del conocimiento humano, de las afirmaciones de conocimiento, que trae el acierto de verdad, y es la ciencia. Las religiones darían un brazo por ser capaces de predecir con esa exactitud. Piensa en cuanto habrían avanzado si fuesen capaces de hacer predicciones con tal precisión y falta de ambigüedad.

Ahora, ¿cómo funciona? ¿Por qué tiene tanto éxito?

La ciencia ha incorporado los mecanismos de error-corrección – debido a que la ciencia reconoce que los científicos, como todo el mundo, son falibles, que cometemos errores, que estamos dirigidos por los mismos prejuicios que cualquier otro. No hay preguntas prohibidas. Los argumentos de autoridad no tienen valor. Las afirmaciones deben demostrarse. Los argumentos ad hominem — argumentos sobre la personalidad de alguien que está en desacuerdo contigo – son irrelevantes; pueden ser unas balas perdidas y tener razón, y tú puedes ser una pilar de la comunidad y estar equivocado.

Si echas un vistazo a la ciencia en su función cotidiana, por supuesto encontrarás que los científicos pasan por toda la gama de emociones humanas y personalidades y caracteres etc.. Pero hay algo que es realmente impactante para el forastero, y es que tener que someterte a las críticas se considera aceptable o incluso deseable. El pobre estudiante licenciado en su examen oral de doctorado está sujeto a un fulminante fuego cruzado de preguntas que a veces parecen ser hostiles o despectivas; por parte de los profesores que tienen el futuro del candidato en sus manos. Los estudiantes, naturalmente, están nerviosos; ¿quién no lo estaría? Cierto, se han preparado para esto durante años. Pero comprenden que en este momento crucial realmente tienen que ser capaces de contestar a las preguntas. Por lo que en la preparación para defender sus tesis, deben anticiparse a las preguntas; tienen que pensar, “Dónde hay en mi tesis una debilidad que alguien pueda encontrar – porque debo asegurarme de encontrarla antes de que ellos lo hagan, dado que si ellos la encuentran y no estoy preparado, estoy en graves problemas”.

Echa un vistazo a los encuentros científicos argumentativos. Encontrarás coloquios universitarios en los que el ponente tiene a duras penas 30 segundos para presentar lo que está diciendo, y de pronto hay interrupciones, tal vez preguntas fulminantes, desde el público. Mira las convenciones de publicación en las cuales envías un artículo científico a una revista, y se envía a árbitros anónimos cuyo trabajo es pensar, ¿has hecho alguna tontería? Si no hiciste ninguna tontería, ¿hay algo aquí lo bastante interesante como para publicarse? ¿Qué deficiencias hay el este artículo? ¿Ha sido hecho por alguien antes? ¿Es adecuado el argumento, o deberías reenviar el artículo después de que hayas demostrado en realidad sobre lo que estás especulando? Y mucho más. Y es anónimo: No sabes quien te está criticando. Tienes que confiar en el editor para enviarlo a verdaderos expertos que no sean abiertamente maliciosos. Estas son las expectativas cotidianas de la comunidad científica. Y aquellos que no lo soportan – incluso buenos científicos que no pueden mantenerse bajo las críticas – tienen dificultades en sus carreras.

¿Por qué contribuimos con esto? ¿Nos gusta que nos critiquen? No, a ningún científico le gusta que le critiquen. Todos los científicos sienten un cariño por sus ideas y resultados científicos. Sientes que debes protegerlos. Pero no replicas a los críticos: “Espera un minuto, espera un minuto; esta es una idea muy buena. Le tengo mucho cariño. Está hecha sin malicia. Por favor, no la ataques”. Esta no es la forma de hacerlo. La dura pero justa regla es que si las ideas no funcionan, debes arrojarlas lejos. No pierdas ni una neurona en algo que no funciona. Dedica esas neuronas a esas nuevas ideas que explican mejor los datos. La crítica válida te está haciendo un favor.

Existe una estructura de recompensa en la ciencia que es muy interesante: Nuestros mayores honores van hacia aquellos que refutan los hallazgos de los más reverenciados entre nosotros. De esta forma Einstein es reverenciado no sólo debido a que hizo muchas contribuciones fundamentales a la ciencia, sino porque encontró una imperfección en la contribución fundamental de Isaac Newton. (Isaac Newton fue con certeza el físico más grande antes de Albert Einstein.)

Ahora piensa en qué otras áreas de la sociedad humana tienes tal estructura de recompensa, en la que reverenciamos a aquellos que prueban que las doctrinas fundamentales que hemos adoptado son incorrectas. Piensa en la política, o en la economía, o en la religión; piensa en cómo organizamos nuestra sociedad. A menudo, es exactamente lo opuesto: Recompensamos a los que reafirman que lo que hemos dicho es lo correcto, que no tenemos que preocuparnos sobre eso. Esta es la diferencia, creo que esta es al menos una de las razones básicas por las que hemos hecho tantos progresos en la ciencia y tan pocos en otras áreas.

Somos falibles. No podemos esperar forzar nuestros deseos en el universo. Por lo que otro aspecto clave en la ciencia es el experimento. Los científicos no confían en lo que es obvio de forma intuitiva, porque lo obvio a la intuición no te lleva a ninguna parte. El que la Tierra era plana fue una vez algo obvio. Es decir, verdaderamente obvio; ¡obvio! Ve a un campo liso y echa un vistazo: ¿Es redondo o plano? No me escuches; ve y pruébalo por ti mismo. El que los cuerpos pesados caen más rápido que los ligeros fue obvio en un tiempo. El que las sanguijuelas curaban enfermedades fue obvio también. El que alguna gente era esclava por naturaleza y designio divino fue obvio en una época. El que la Tierra era el centro del universo también fue obvio. ¿Eres escéptico? Sal fuera, echa un vistazo: Las estrellas se elevan por es este y se ponen por es oeste y aquí estamos nosotros, quietos (¿sientes que la Tierra gire?); las vemos girando a nuestro alrededor. Somos el centro; ellas giran en torno a nosotros.

La verdad puede ser misteriosa. Puede llevar algún tiempo lidiar con ella. Puede ser contraria a la intuición. Puede contradecir profundamente los prejuicios impuestos. Puede no estar en consonancia con lo que desesperadamente queremos que sea cierto. Pero nuestras preferencias no determinan lo que es verdad. Tenemos un método, y este método nos ayuda a alcanzar no la verdad absoluta, sino sólo una aproximación asintótica a la verdad – nunca allí, siempre más y más cerca, siempre buscando nuevos vastos océanos de posibilidades sin descubrir. Los experimentos diseñados con claridad son la clave

En los años 20, hubo una comida en la que se pidió al físico Robert W. Wood que respondiese a un brindis. Este era un momento en el que la gente se levantaba, hacía un brindis, y elegían a alguien para responder. Nadie sabía a qué brindis tendría que responder, por lo que era un reto de agudeza mental. En este caso el brindis fue: “Por los físicos y metafísicos”. Por metafísicos se quería decir algo similar a la filosofía – verdades que se pueden obtener sólo pensando en ellas. Wood se tomó un segundo, se miró, y contestó con estas palabras: Los físicos tienen una idea, dijo. Cuanto más piensan en ella, más sentido le ven. Va a la literatura científico, y cuanto más lee, más prometedora parece la idea. Preparado de esta forma, desarrolla un experimento que prueba esta idea. El experimento es meticuloso. Se toman en cuenta o eliminan muchas posibilidades; la precisión de la medida es refinada. Al final de todo su trabajo, el experimento está completo y … la idea resulta no tener sentido. Entonces los físicos descartan la idea, liberan su mente (como dije hace un momento) del cúmulo de errores y se mueven hacia otra cosa.

La diferencia entre los físicos y los metafísicos, concluye Wood, es que la metafísica no tiene laboratorio.

¿Por qué es tan importante tener distribuida una amplia comprensión de la ciencia y la tecnología? Por una cosa, es el camino dorado para sacar de la pobreza a los países en desarrollo. Y las naciones en desarrollo lo comprenden, sólo tienes que mirar a los graduados en las escuelas americanas modernas — en matemáticas, ingeniería, física – para ver, en un caso tras otro, que más de la mitad de los estudiantes son de otros países. Esto es algo que Estados Unidos está haciendo por el mundo. Pero transmite un claro significado de que las naciones en desarrollo saben lo que es esencial para su futuro. Lo que me preocupa es que los estadounidenses no tengan este tema tan claro.

Toquemos ahora el tema de los peligros de la tecnología. Casi todos los astronautas que han visitado la órbita de la Tierra han apuntado esto: Estaba allí arriba, dicen, y miré hacia el horizonte, y allí estaba esa delgada y azul banda que es la atmósfera de la Tierra. Me han dicho que vivimos en un océano de aire. Pero era tan frágil, de un azul tan delicado: me preocupé por ella.

De hecho, el grosor d la atmósfera de la Tierra, comparada con el tamaño de la Tierra, está en la misma escala que el grosor de la capa de barniz que cubre un globo del mundo en una escuela con respecto al diámetro del globo. Ese es el aire que nos abriga a nosotros y a todas las otras formas de vida de la Tierra, que nos protege de los letales rayos ultravioleta del Sol, que a través del efecto invernadero nos da una temperatura superficial por encima del punto de congelación. (Sin el efecto invernadero, toda la Tierra se sumergiría bajo el punto de congelación dela agua y todos estaríamos muertos.) Ahora esta atmósfera, tan delgada y frágil, está bajo el asalto de nuestra tecnología. Estamos bombeando toda clase de productos en ella. Ya conoces la preocupación acerca de que los clorofluorocarbonos están acabando con la capa de ozono; y que el dióxido de carbono y el metano y otros gases invernadero están provocando un calentamiento global, una tendencia estable entre las fluctuaciones producidas por las erupciones volcánicas y otras fuentes. ¿Quién sabe a qué otros retos estamos exponiendo a esta vulnerable capa de aire que no hemos sido lo bastante sabios como para prever?

Los efectos colaterales inadvertidos de la tecnología pueden retar al entorno del que dependen nuestras propias vidas. Esto significa que debemos comprender la ciencia y la tecnología; debemos anticiparnos a las consecuencias a largo plazo de forma inteligente – no sólo en la última línea de la columna de ganancias y pérdidas para la empresa este año, sino en las consecuencias para la nación y las especies a 10, 20, 50, 100 años en el futuro. Si detenemos por completo los clorofluorocarbonos y los la producción de compuestos químicos similares (como de hecho estamos haciendo),la ozonosfera se curará a sí misma en unos cientos de años. Además, nuestro hijos, nuestros nietos, nuestros bisnietos deben sufrir por los errores que nosotros hemos cometido. Esta es una segunda razón para la educación científica: los peligros de la tecnología. Debemos comprenderlos mejor.

Una tercera razón: los orígenes. Cada cultura humana ha dedicado alguno de sus recursos intelectuales, morales y materiales a intentar comprender de dónde vino todo – nuestra nación, nuestra especia, nuestro planeta, nuestra galaxia, nuestro universo. Par a alguien por la calle y pregúntale sobre ésto. No encontrarás a nadie que nunca haya pensado sobre ello, que no tenga curiosidad sobre el origen último.

Mantengo que hay un tipo de Ley de Gresham que se aplica en la confrontación entre ciencia y pseudociencia: En la imaginación popular, al menos, la mala ciencia desplaza a la buena. Lo que quiero decir es esto: Si estás inundado de continentes perdidos, los canalizadores, los OVNIs y toda esa larga letanía de afirmaciones tan bien expuestas en Skeptical Inquirer, puede que no tengas el bagaje intelectual para los hallazgos de la ciencia. Está saturado de asombro. Nuestra cultura por una parte produce los fantásticos hallazgos de la ciencia, y por otra los corta antes de que hayan llegado al ciudadano medio. Por lo que la gente que es curiosa, inteligente y dedicada a la comprensión del mundo, puede estar sin embargo (desde nuestro punto de vista) embarrados de superstición y pseudociencia. Podrías decir, Bien, deberían saber más, deberían ser más críticos, etc; pero esto es demasiado duro. No es ni mucho menos error suyo. Es fallo de la sociedad que programa preferentemente las chorradas y contiene la ambrosía.

El camino menos efectivo para que los escépticos obtengan atención de esta gente brillante, curiosa e interesada es menospreciarlos, o ser condescendientes, o mostrar arrogancia hacia sus creencias. Pueden ser crédulos, pero no estúpidos. Si tenemos presente la fragilidad y falibilidad de la mente humana, comprenderemos su apremiante situación.

Por ejemplo: Últimamente he estado pensando en las abducciones alienígenas, y las falsas afirmaciones de abusos sexuales a niños, y las historias de abusos en rituales satánicos en el contexto de recuperaciones de memoria. Existen interesantes similitudes entre todos esos tipos de casos. Creo que si comprendemos alguno de ellos, debemos comprenderlos todos. Pero existe una exasperante tendencia en los escépticos cuando señalan historias inventadas de abusos sexuales a olvidar que los abusos reales y atroces ocurren. No es cierto que todas estas afirmaciones de abusos sexuales en la niñez sean tonterías y estén provocadas por terapeutas sin ética. El periódico de ayer informaba que una investigación en 13 estados había hallado que un sexto de todas las víctimas de violación informadas a la policía estaban por debajo de 12 años. Y esta es una categoría de violación que preferentemente se informa en pocos casos, por razones obvias. De estas niñas, un quinto habían sido violadas por sus padres. Esto es mucha gente, y muchos traidores. Debemos tener esto presente cuando consideramos a pacientes que, digamos, debido a un desorden alimenticio, han suprimido el abuso sexual de su niñez diagnosticado por su psiquiatra.

La gente no es estúpida. Cree en cosas por razones. No rechacemos la pseudociencia o la superstición con desprecio.

En el siglo XIX estaban los médiums: Tú ibas a una sesión de espiritismo y te ponían en contacto con tus parientes muertos. Hoy en día en un poco distinto; se le llama canalización. Ambos básicamente tratan del miedo humano a la muerte. No se a ti; pero a mi la idea de morir me resulta desagradable. Si tuviese la opción, al menos durante un momento, preferiría no morir tan pronto. Dos veces en mi vida estuve muy cerca de que sucediera. (No he tenido ninguna experiencia cercana a la muerte, siento decirlo). Puedo comprender esta ansiedad sobre la muerte.

Hace unos 14 años que murieron mis padres. Teníamos una relación muy buena. Estaba muy unido a ellos. Aún los echo mucho de menos. No pediría mucho: Me gustaría tener cinco minutos al año con ellos; para decirles qué hacen sus hijos y nietos, y qué hacemos Annie y yo. Sé que suena estúpido, pero me gustaría preguntarles, “¿Os va todo bien?” Sólo un pequeño contacto. Por eso no me burlo de las mujeres que van a las tumbas de sus maridos y charlan con ellos de vez en cuando. No es difícil de entender. Y si tenemos dificultades con el estado ontológico de con quien están hablando, está todo bien. Ese no es el tema. Son humanos siendo humanos.

En el contexto de la abducción alienígena, ha estado intentando comprender el hecho de que las alucinaciones humanas son algo corriente bajo condiciones de privación sensorial, drogas o de sueño REM, pero también en el curso normal de la vida. He oído tal vez en una docena de ocasiones desde que murieron mis padres, a alguno de ellos decir mi nombre: sólo una simple palabra, “Carl”. Los echo de menos, ellos me llamaron por mi nombre durante el tiempo que vivieron; estaba acostumbrado a responder al instante cuando me llamaban; es una profunda raíz psíquicas. Por lo que mi cerebro lo reproduce de vez en cuando. No me sorprende en absoluto; en cierto modo me gusta. Pero es una alucinación. Si fuese menos escéptico, podría ver la facilidad de decir, “Esto por ahí en alguna parte. Puedo oirlos”.

Raymond Moody, que es Doctor en Medicina, creo, es un autor que escribe innumerables libros de vida tras la muerte, en realidad me citó en el primer capítulo de su último libro, diciendo que escuchaba a mis padres llamándome Carl, y por tanto, mira, incluso él cree en la vida después de la muerte. Esto no se ajusta a mi visión. Si este es uno de los argumentos del capítulo I de su último libro de uno de los principales exponentes de la vida tras la muerte, sospecho que a pesar de sus más fervientes deseos, el tema es débil.

Pero aún así, supón que no estamos iniciados en las virtudes del escepticismo científico y los siento como mis padres, y viene alguien que dice, “Puedo ponerte en contacto con ellos”. Supón que es inteligente, y encuentra algo sobre mis padres en el pasado, y el bueno imitando voces, etc – una habitación oscura e incienso por todas partes. Podría dejarme llevar por la emoción.

¿Pensarías peor de mi por caer en eso? Imagina que nunca fui educado en el escepticismo, no tengo idea de sus virtudes, sino que en lugar de eso creía que era gruñón y negativo rechazar todo lo que es humano. ¿No puedes entender mi apertura a estar conectado a través de un médium o un canalizador?

La mayor deficiencia que veo en el movimiento escéptico es su polarización: Nosotros contra Ellos – en el sentido de que tenemos el monopolio de la verdad; que aquella otra gente que cree en todas esas estúpidas doctrinas son idiotas; que si eres sensato, no escucharás; y si no, al infierno contigo. Esto no es constructivo. Esto no es propagar nuestro mensaje. Esto nos condena a un estatus minoritario permanente. Mientras que una aproximación que desde el principio reconozca las raíces humanas de la pseudociencia y la superstición, que reconozca que la sociedad ha organizado cosas porque el escepticismo no se enseña bien, podría ser aceptado con mayor amplitud.

Si los hábitos escépticos se distribuyesen y apreciasen, ¿a quiénes se aplicaría principalmente? A aquellos en el poder. Aquellos en el poder, además, no tienen un interés personal en que todo el mundo sea capaz de hacer preguntas agudas.

Si comprendemos esto, entonces por supuesto sentimos compasión por los abducidos y los que creen que los círculos en los campos de cereales son sobrenaturales, o al menos de fabricación extraterrestre. Esto es clave para hacer la ciencia y el método científico más atractivo, especialmente para los jóvenes, debido a que es una batalla por el futuro.

La ciencia involucra una aparente mezcla de actitudes autocontradictorias: Por una parte requiere una apertura casi completa a todas las ideas, ni importa lo bizarras o extrañas que suenen, una propensión al asombro. Conforme avanzo mi tiempo se hace más lento; me hago más pequeño en la dirección del movimiento y me hago más masivo. ¡Es una locura! En la escala de lo muy pequeño, la molécula puede esta en esta posición o en esa posición, pero tiene prohibido estar en ninguna posición intermedia. ¡Es descabellado! Pero la primera es una afirmación de la relatividad especial, y la segunda es una consecuencia de la mecánica cuántica. Nos guste o no, el mundo es de esta forma. Si insistes en que es ridículo, te cerrarás para siempre a los principales hallazgos de la ciencia. Pero al mismo tiempo, la ciencia requiere del escepticismo más vigoroso e inflexible, debido a que la gran inmensidad de las ideas son simplemente erróneas, y la única forma de distinguir la correcta de la incorrecta, el trigo de la paja, es a través de la experimentación y el análisis.

Demasiada apertura y aceptaras cualquier noción, idea e hipótesis – lo que es equivalente a no saber nada. Demasiado escepticismo – especialmente el rechazo a las nuevas ideas antes de que hayan sido convenientemente probadas – y no serás más que un gruñón desagradable, pero también cerrado al avance de la ciencia. Lo que necesitamos es una mezcla juiciosa.

No es divertido, como dije al principio, estar al final del cuestionamiento escéptico. Pero es un precio asequible el que pagamos por tener los beneficios de una herramienta tan potente como la ciencia.


1: El balonmano chino era un juego muy popular entre los chicos de las calles de Nueva York y Nueva Jersey. Aunque aún se sigue practicando tuvo especial aceptación durante los años 60 y 70.

Autor:
Carl Sagan, publicado originalmente en Skeptical Enquirer
Fecha Original: Volumen 19, Número 1, Enero-Febrero 1995
Enlace Original

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