El Buscador de Planetas Terrestres está diseñado para detectar planetas del tamaño de la Tierra fuera de nuestro Sistema Solar. Crédito: NASA

Las nuevas disciplinas académicas a menudo obtienen unos recibimientos fríos. Los Estudios de la Mujer y la Mecánica Cuántica se consideraron frívolos o de ficción por muchos cuando aparecieron por primera vez en los catálogos universitarios. A finales de los años 30, el manuscrito que escribió Grote Reber describiendo las emisiones de baja frecuencia procedentes de la Vía Láctea — un trabajo pionero que abrió el campo de la radioastronomía — fue rechazado de pleno por los revisores de Astrophysical Journal. Afortunadamente, el editor decidió publicar de todas formas el artículo de Reber.

La astrobiología sufre este mal. El campo es lo bastante joven para tener aún ruidosos críticos; en particular, aquellos que creen que la “astrobiología” no es más que la esperanza de que algún día encontremos algo más allá de la Tierra.

Es cierto que aún se carecen de pruebas irrefutables de vida extraterrestre. Pero hay dos formas de ver el futuro: finalmente encontraremos biología allí fuera, o no lo lograremos. Si estás entre aquellos que piensan que sólo la Tierra dio origen a la vida, entonces, la astrobiología es, efectivamente, útil sólo para demostrar tu hipótesis sosteniendo fallos sin fin hasta alcanzar su objetivo final. Pero si parece plausible que entre los 10 trillones de otros sistemas estelares visibles en el universo, existan lugares donde la notable interrelación química que llamamos vida también tenga lugar, entonces la investigación astrobiológica sólo acelerará su descubrimiento.

Una cuenta rápida entre los astrobiólogos del Instituto SETI arroja casi 50, y hay otros 75 más a lo largo de la autopista poblando centros y laboratorios del Instituto de Astrobiología de la NASA y en Centro de Investigación Ames. Este contingente, tan impresionante como se ve, es simplemente una condensación local de una nube mucho mayor de investigadores. En todo el país, hay reconocidos aproximadamente un millar de científicos que estarían orgullosos de imprimir “astrobiólogo” en sus tarjetas de presentación.

¿Están todos estos investigadores serios y exitosos trabajando duro sin nada más tangible que una esperanza en que su trabajo sea finalmente justificado? Por supuesto que no. La persecución del estudio de los mecanismo de la vida, y de la historia y hábitats, ha producido algunos de los más apasionantes descubrimientos científicos de la última década. Vamos a refinar esa afirmación tan general con algo más concreto:

Vida entre las estrellas

Parece que fue hace una eternidad, pero a mediados de los años 90 aún no sabíamos si existían los planetas – los mundos fríos que son más propicios para la vida — eran superabundantes o escasos. En la última década, los astrónomos han descubierto casi 200 mundos orbitando otras estrellas. La actual proporción de todas las estrellas con planetas sólo puede adivinarse, pero ciertamente sobrepasa el 5%, y podría posiblemente sobrepasar el 90%. Es una hipótesis difícilmente catalogable como radical el sospechar que el cosmos alberga más planetas que estrellas.

Pocos de estos planetas extrasolares se han detectado de forma directa, pero uno de los experimentos más esperados por los astrobiólogos está centrado en su descubrimiento: el lanzamiento de unos telescopios infrarrojos con base en el espacio — tales como el Buscador de Planetas Terrestres de la NASA — que no sólo fotografíe los tenues puntos de luz que marcan esos mundos, sino que analice sus firmas espectrales para buscar pruebas de gases reveladores (como el oxígeno y el metano) que señalarían la presencia de vida microbiana. Así como los científicos de SETI apuntan sus antenas a los sistemas estelares cercanos en un esfuerzo por encontrar vida inteligente, los astrobiólogos están diseñando sus propios planes para detectar vida desde la lejanía – vida que está decenas de años luz más allá del Sistema Solar.

Condiciones para la vida

La multitud de planetas extrasolares no es el único descubrimiento reciente que revolucionó nuestra actitud sobre cómo de propicio puede ser el cosmos para la vida. Hace una década, un planeta “habitable” era uno que fuese un simulacro de la Tierra — un mundo que se regodeara en el calor de una estrella, con una gruesa atmósfera y océanos superficiales acuosos. Otros mundos podrían ser intrigantes; pero estaban muertos.

Ahora parece que esta presunta muerte puede haber sido enormemente exagerada. En un descubrimiento realmente revelador, los astrobiólogos han aprendido que existen mecanismos distintos a la luz estelar que pueden calentar sustancialmente un planeta. La interacción resonante de lunas en sistemas de múltiples satélites lleva a un sinfín de tirones y apretones que pueden generar calor más que suficiente par mantener grandes reservas de agua en estado líquido, y proporcionar fuentes localizadas de energía (tales como las fumarolas encontradas en los suelos oceánicos) que podrían alimentar a la biología.

Lunas como Europa, Calisto, Ganímedes, y Encelado — una vez consideradas no más de unas rocas muertas — ahora se reevalúan como potenciales lugares para la vida. Incluso Titán — para el que las fuerzas de marea son menos importantes — podría ocasionalmente haber tenido reservas de agua líquida de gran duración bajo su superficie líquida, traída por ocasionales impactos de asteroides.

Es más, el atractivo de las lunas como lugares en los que pudo aparecer la vida recientemente se ha extendido por los investigadores a satélites putativos que son mayores que las lunas familiares de nuestro Sistema Solar. Tales lunas gigantes (tal vez del tamaño de la Tierra), circulando a planetas gaseosos gigantes que orbitan otras estrellas, podrían ofrecer entornos tan saludables para la vida como nuestro propio planeta.

En otras palabras, incluso los mundos poco similares a la Tierra podrían albergar agua líquida, cumpliendo por tanto los requisitos impuestos en la asignatura de primero de Biología. Tales mundos podrían no se capaces de dar soporte a la vida compleja, y la mayoría de las formas de vida terrestres perecerían rápidamente si se las transportase a esos entornos. Pero no todas. Los astrobiólogos continúan haciendo sorprendentes descubrimientos sobre cómo de resistente puede ser la vida. Los primeros extremófilos, que habitan en lugares como el Parque de Yellowstone, se encontraron hace casi un siglo. En la última década, hemos empezado a aprender sobre organismos que pueden morar en rocas a más de un kilómetros bajo la superficie, o en las profundidades totalmente oscuras de los océanos.

Los extremófilos son considerados excepcionales en la Tierra. Pero podrían estar dispersos por todos lados, simplemente porque puedes apostar a que la mayor parte de los mundos son más hostiles que amables.

La evolución de la vida

Aunque encontrar vida más allá de nuestro planeta puede ofrecer unas pistas prodigiosas sobre cómo funciona la biología en la Tierra, lo inverso también es cierto. Es importante comprender los extremos de la vida terrestre: su inicio, y la evolución de la inteligencia. Investigaciones recientes realizadas por astrobiólogos de Australia y Noruega sugieren con fuerza que la vida se introdujo en la Tierra hace más de 3500 millones de años, cuando los océanos de agua de nuestro planeta fueron seguros por primera vez para su habitabilidad. Los astrobiólogos preguntan cómo sucedió esto, e investigan el papel que desempeñaron los compuestos de carbono generados en el espacio cercano y que llovieron sobre nuestro planeta mientras se formaba. ¿Era este fertilizante natural esencial, o un simple suplemento?

Los hechos de que el ADN y el ARN son moléculas enormemente complejas, y su aparición por casualidad parece, para algunos, improbable. Pero los investigadores han observado estructuras naturales, como las arcillas, que podrían actuar como catalizadores para acelerar el inicio de la vida. Aún no sabemos seguro cómo se inició la vida en la Tierra, este esta área enormemente fecunda de la investigación podría traer dulces frutos a la astrobiología, ya sea diciéndonos que la vida es tan improbable que es casi milagrosa, o tan inevitable que es casi trivialmente común.

Igualmente apasionante es la investigación de cómo se produjo la evolución, en los últimos pocos miles de años, de la inteligencia. ¿Fue un mero accidente que tuvo lugar en nuestro planeta — una improbable consecuencia de contingencia y probabilidad? Algunas de las investigaciones más desafiantes de la astrobiología están dirigidas sobre la comprensión de si la vida sensible se espera que aparezca a menudo, o casi nunca.

Las implicaciones de estas incursiones en los secretos aún por desvelar de la vida en la Tierra tienen aplicaciones obvias para nuestra búsqueda de la misma por todos sitios. Claramente, la astrobiología subyace bajo nuestra búsqueda de SETI; pero si piensas en ello, rápidamente te darás cuenta de que es también el incentivo más potente para nuestras exploraciones del Sistema Solar. ¿Por qué ponemos tanta atención en Marte, Europa y Titán en lugar de en Venus, Ío, o Rhea? Esto es debido a que los primeros mundos tienen condiciones que podrían acoger y cultivar la actividad más irresistible del universo: la vida.


Autor: Seth Shostak
Fecha Original: 6 de marzo de 2008
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Una Respuesta a “El gran cuadro: Astrobiología”
  1. aldato dice:

    y si somos los encargados de diseminarla?

  2.  
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