¿Es la fe el enemigo de la ciencia?

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Algunos lectores de este artículo tal vez hayan visto la entretenida charla plenaria que invitaba a reflexionar en el congreso CAP 2007 en Saskatoon. Puede que recuerden que el primer individuo en levantar la mano durante el turno de preguntas lo hizo de una forma casi Horshackiana, y que afirmó rotundamente que estaba en profundo desacuerdo con la siguiente afirmación hecha por Krauss en el reto de enseñar ciencia al público:

La fe no es el enemigo de la ciencia. La ignorancia es el enemigo

Ese descarado individuo era yo, y me gustaría explicar por qué estoy en desacuerdo con esa afirmación – hasta el punto que estaría inclinado a ir más lejos e intercambiar las palabras “fe” e “ignorancia”.

Recordemos que la charla de Krauss, titulada “Vender ciencia a compradores poco dispuestos”, se preocupaba por cómo enseñar ciencia al público general – el comprador poco dispuesto – debatiendo sobre aplicaciones de la ciencia que interesan al comprador, en lugar de la aproximación más tradicional de enseñar la ciencia de “abajo a arriba” la cual podría ser por sí misma responsable, en parte, del preconcepto de que la ciencia es aburrida. Krauss charló sobre el actual (y abismal) estado de analfabetismo científico en los Estados Unidos, sus causas subyacentes, y cómo mejorar la situación. Dando tal charla a una audiencia de físicos, Krauss estaba en su mayor parte predicando entre convertidos, y yo mismo estaba casi por completo de acuerdo con todo lo que dijo, excepto por la frase citada arriba, que encontré profundamente discordante con el resto de la charla.

Permíteme comenzar con algunas definiciones básicas para los dos términos clave en esta discusión, “ciencia” y “fe”.

La ciencia es el estudio de los fenómenos naturales de forma que podamos comprender y explicar el mundo que nos rodea. Esto puede ir junto con el objetivo final de servir a la humanidad con los avances tecnológicos como la rueda, la agricultura y la televisión (presumiblemente los “reality” de TV no se previeron por aquellos que imaginaron que la televisión mejoraría las condiciones humanas), o puede simplemente ser por el hecho de comprender cómo funcionan las cosas que nos rodean.

Byron Jennings entró en mayor detalle sobre la naturaleza de la ciencia de lo que yo intento hacer aquí, pero la herramienta fundamental de la ciencia es el método científico: hacer observaciones cuidadosas o realizar experimentos controlados, desarrollar una teoría que explique los resultados, hacer predicciones a partir de la teoría y poner a prueba la teoría con posteriores observaciones.

Aunque esta es sin duda una visión simplista sobre cómo los científicos hacen ciencia, y seguramente muchas excepciones notables, es probablemente una representación precisa de la forma en la que la mayor parte de los científicos trabajan.

Por “fe” me refiero a una creencia sin sustento. Ahora, “sin sustento” es algo bastante subjetivo y no es un concepto binario, pero no vamos a distraernos demasiado con detalles pedantes. El “algo” puede ser simplemente algo como: que los Montreal Canadiens van a ganar la Stanley Cup, que toda la materia y energía están hechas de diminutas cuerdas vibrantes, o que existe un gran poder benévolo que nos ama y cuida de nosotros, pero que regularmente prueba nuestra fe lanzando eventos cataclísmicos sobre nosotros los cuales dejan cientos de miles de muertos o sin esperanzas. (Por supuesto son inconvenientes menores comparado con la evolución del Sol hacia una gigante roja que nos espera en unos pocos miles de millones de años aproximadamente).

Estos tres ejemplos ilustran la amplitud del término fe (o mi definición, al menos). La creencia de que los Canadiens van a ganar la Stanley Cup no es una afirmación sobre una realidad actual, sino sobre una realidad futura. Puede haber algunas medidas o justificaciones para mantener esta creencia, y la justificación puede ser convincente o no, por lo que este no sea tal vez el mejor ejemplo de creencia sin sustento. Pero finalmente los Canadiens ganarán la Stanley Cup o no, dejando de ser una creencia dejando al creyente con el deleite de que sabía algo que el resto no conocía, u olvidando tranquilamente que alguna vez tuvo tal creencia.

La creencia en la Teoría de cuerdas, por contra, es una afirmación sobre una realidad en curso, a todos los intentos y propósitos eterna. Esté o no hecha de cuerdas la materia; hasta donde yo sé, nadie cree que esta descripción llegó la semana pasada, o que no vaya a ser válida la semana que viene.

¿Tiene sustento la creencia en la Teoría de cuerdas? De nuevo, este es un punto complicado. Algunos han argumentado con gran fuerza la siguiente afirmación: La Teoría de Cuerdas no sólo no tiene base sino que es incomprobable – es decir, que nunca tendrá sustento. Este punto de vista a menudo es retratado como “rebajar” la Teoría de Cuerdas a una “mera” religión o filosofía. Argumentaré contra ambos puntos (aunque quedaré muy lejos de la vista contraria mantenida por cierto físico teórico canadiense que, irónicamente, dejó caer un lápiz para “demostrar” la validez de la Teoría de Cuerdas).

Primero, aunque no existe evidencia directa para la Teoría de Cuerdas, existen razones científicas legítimas para tomarla en serio como una descripción del mundo que nos rodea. El hecho de que sea una Teoría Cuántica de la Gravedad ya vale la pena considerarla, a pesar de algunos obstáculos menores que quedan por superar tales como explicar la dimensionalidad observada del espacio-tiempo.

Segundo, incluso si los escépticos consideran el anterior argumento un poco débil, la Teoría de Cuerdas ciertamente no es incomprobable. Finalmente la Teoría de Cuerdas hará, presumiblemente, predicciones reales (si este no es el caso, entonces yo también estaría de acuerdo en su degradado a religión o filosofía), y su validez será entonces apoyada o contradicha por los experimentos u observaciones futuras. En el primer caso, la Teoría de Cuerdas no habrá demostrado ser la descripción correcta de la realidad, pero su credibilidad dará un paso de gigante, dejando a muchos viejos escépticos precipitándose por comprender por qué los teóricos de cuerdas dibujan lo que al ojo no entrenado parecer ser bollos en una pizarra y los describen como geometría AdS compactadas. En el segundo caso, la Teoría de Cuerdas debe ser rechazada, o modificada de tal forma que entre en acuerdo con las observaciones o experimentos “ofensivas”.

El tercer ejemplo de fe es bastante diferente. Al igual que el segundo, es una afirmación sobre una realidad eterna; no obstante (hasta donde puedo ver, al menos) no es una creencia que algún día pueda comprobarse (a menos, por supuesto, que el gran poder envíe una señal indiscutible hacia nosotros). Siendo así, este es tal vez el ejemplo perfecto de creencia sin sustento. Imagino que es este tipo de fe, ya lo llames fe religiosa, creencia en Dios, o como sea – que Krauss tenía en mente en su charla, y que la mayoría de nosotros asociamos con la palabra “fe” en cualquier caso, por lo que me ceñiré a esta definición de fe de aquí en adelante.

¿Cuál es, entonces, la relación entre la fe y la ciencia? Para abreviar, en mi opinión son diametralmente opuestas una a otra. La piedra angular de la fe es la ceguera, la aceptación sin cuestionar; la de la ciencia es la observación y el escrutinio – y la reticencia a aceptar que una creencia conservadora es incorrecta si entra en conflicto con las observaciones. Es difícil imaginar dos visiones del mundo más opuestas que eso.

Tuve una potente ilustración del contraste entre ambas cuando (como sucede cada dos meses aproximadamente) los Testigos de Jehová llegaron a mi puerta a promocionar su religión. Yo soy tal vez de una minoría que realmente disfruta charlando con ellos; la conversación siempre es muy cívica y respetuosa, aunque hasta la fecha no han tenido éxito al iluminarme (ni yo a ellos).

En algún punto, logré contar a mis visitantes que estaría muy feliz de creer en Dios, pero que, tras una considerable reflexión, no se me ocurre ninguna razón por la que debería. Para ellas, todas las pruebas que yo pudiese necesitar se encuentran en la Biblia, cuyas muchas predicciones se han hecho todas verdad con absoluta precisión. (Una vez se me ofreció el siguiente ejemplo: que el mundo se llenaría de miseria y maldad). Tras asegurarme que ellos sostienen cada una de las palabras de la Biblia (dado que, después de todo, es la palabra de Dios), les pregunté sobre el hecho de que se sabe que el universo tiene miles de millones de años y no miles … y el retroceso se inicia: la palabra de Dios es un objetivo en movimiento.

La razón por la que saco esto a colación es que siento que simplemente soy un científico y no un ateo cuando cuento a mis visitantes proselitistas que necesito una razón para creer en Dios. El origen del universo es para mi un misterio tan grande como para cualquiera, y tal vez fue creado por un Creador … pero aquí es hasta donde mi minimalismo y la filosofía científica me permitirán llegar sin más evidencias. Evocar una noción precisa y bien definida de Dios (una noción humanizada, si lo deseas) que creó el universo, la vida, y el hombre a su propia imagen es una enorme extrapolación sin base que está grotescamente injustificada, perfectamente ilustrada por la analogía de la tetera celestial de Bertrand Russell y más recientemente de una forma más ligera, por el Monstruo del Espagueti Volador. Me debo a mi mismo como científico el intentar minimizar el número de suposiciones que hago en mi filosofía de vida, de la misma forma que lo hacen todos los científicos en la formulación de cualquier fenómeno observable. ¿Creador? Tal vez. ¿Un Dios quien, aunque omnipotente, esperó 15 mil millones de años antes de tener un hijo de acuerdo con una de las religiones más extendidas? Creo que no.

Recientemente, un colega me dijo que él creía en Dios pero que separaba este lado de su filosofía del lado científico. Aunque nuestra conversación revidó a una dirección distinta, se me ocurrió que podría cuantificar su filosofía de vida mediante un punto en un plano cuyos ejes son “cientificidad” y “fe” o “religiosidad”. Si el origen es neutro a ambos, pensaría que se pondría a sí mismo en el primer cuadrante, dado que es bastante científico y obviamente al menos algo religioso.

En mi opinión, sólo es necesaria una de las dimensiones, con la ciencia a la derecha, por ejemplo, y la fe a la izquierda. Cuanto más científica sea una persona, menos propensa es a aceptar nociones como una verdad sin una razón para aceptarla, por lo que menos inclinado está a una creencia sin sustento – la fe. Por lo que en realidad vemos que fe y ciencia son antagónicas.

Pero, ¿hasta qué punto es la fe enemigo de la ciencia? Este es un punto complicado. ¿Obstruye la fe a los científicos al hacer ciencia? Aparentemente no; claramente no hay escasez de científicos religiosos que hacen una ciencia buena y respetable, aunque la combinación me impacta al tener cuando menos n grado de inconsistencia interna. Pero argumentaría que la abrumadora mayoría de la ciencia moderna está lejos de la arena de un potencial conflicto. Simplemente no importa cómo de fuerte es la fe de un investigador cuando elimina átomos de la superficie de un sólido con un láser o cuando estudia corrientes magnéticas en el Sol. La ciencia está tan increíblemente especializada que un estudiante puede obtener un doctorado en física de partículas son tener idea de lo que es la supersimetría, ya ni decir sobre la preocupación de cómo y para qué propósito (si es que hay alguno), se creó el universo.

Es más, podemos ir un paso más lejos y observar que incluso la arena de un potencial conflicto – el estudio del origen del universo, por ejemplo – no está en conflicto con la fe, per se (aunque es obviamente un conflicto con una interpretación literal de la Biblia). Volvemos a observar que la religión – fe – no es falsable debido a que ninguna observación científica puede argumentarse que sea simplemente porque Dios así lo quiso. En una reciente serie de artículos, Don Page argumentaba (entre otras cosas) que una idea actual de la cosmología, el multiverso, así como la evolución Darwiniana, no debería percibirse como una amenaza a la teología cristiana, aunque ambas se perciben ampliamente como tales. Dada esta “cláusula de escape de no-falsabilidad”, la conclusión de Page me impactó como algo autoevidente, aunque depende en gran medida de cómo de maleable sea la teología, o en otras palabras cómo de estrechamente se define la teología cristiana. PersonaImente tuve dificultades en reconciliar la evolución e incluso un único universo (ni que decir del multiverso) en el cual nuestro planeta es sólo un extraordinario grano de arena en una playa, por una parte, con la idea de que la humanidad es algo más importante para Dios que los dinosaurios, digamos, o las amebas, o cualquier otra vida en el universo, por otra parte. Dado que lo último parece ser una piedra angular de la teología cristiana, creo que me sentiría bastante amenazado si suscribiera la teología cristiana.

El balance final es que la observación directa demuestra que la fe no obstruye a los científicos al hacer ciencia. Dicho esto, hay muchos que se retratan a sí mismo como científicos, y que debido a su fe, están haciendo una rama de la ciencia que es una indignidad para la palabra. Tengo en mente particularmente a aquellos cuyo principal objetivo en la ciencia es avanzar sobre una agenda basada en la fe. Uno debe preguntarse si estos individuos, que probablemente tienen una cantidad razonable de talento científico, no podrían estar haciendo ciencia respetable si su cientificidad hubiese sido más fuerte, o su religiosidad más débil.

¿Obstruye la fe a los no científicos de aprender ciencia? Argumentaría que sí lo hace, por distintas razones.

Primero, está el tema de lo que se enseña en las escuelas, y quién lo enseña. Son bien conocidos los esfuerzos de los grupos fundamentalistas cristianos por evitar la enseñanza de la evolución en las escuelas de los Estados Unidos, y en su defecto, el avance del diseño inteligente (un primo cercano del creacionismo) como una teoría científica rival, y como tal, merecedora del mismo tiempo de clase – a pesar de la abrumadora evidencia científica a favor de una y no de otra.(“Ninguna para la otra” es una burda incorrección, de hecho, ya que implica que podría en principio tener alguna prueba a su favor. Pero la creación es por su propia naturaleza algo no científico debido a que no es una observación falsable). Habitualmente se disputan batallas sobre este tema (y no sólo en los Estados Unidos, por cierto: el tema de la enseñanza del creacionismo en las escuelas ha estado en las noticias del Reino Unido y Canadá recientemente).

La ciencia se ha mantenido habitualmente por encima, afortunadamente, pero la guerra continúa.

Segundo, organizaciones tales como el Instituto del Descubrimiento con sede en Seattle y la Fundación John Templeton (ambas con sus bolsillos repletos) están asociadas a una campaña distinta, más indirecta y por tanto más peligrosa, en la “guerra” contra la ciencia: difuminar las diferencias entre ciencia y religión. El instituto del Descubrimiento es una organización cristiana con varias filiales, dos de las cuales son en Centro para la Ciencia y la Cultura y el Instituto Biológico. Estos son nombres que suenan bastante científicos, por lo que uno supondría que estos institutos están embarcados en algún tipo de pensamiento o investigación científica. Pero su misión principal es el avance en la idea del diseño inteligente como una teoría científica seria en competición con la evolución.

El público no científico corre el riesgo de caer en la trampa cuidadosamente tendida de asociar el creacionismo con la ciencia. Más adelante (si el Instituto del Descubrimiento logra su objetivo), juntas escolares, votantes y representantes electos a todos los niveles del gobierno no estarán seguros de qué es ciencia y qué no lo es. Si crees que esto es un intento de atemorizar o una exageración de los hechos, simplemente cha un vistazo al hombre que está en la Casa Blanca mientras escribo esto.

El eslogan de la Fundación Templeton es “Apoyando a la ciencia – investigando sobre las grandes cuestiones”.

Aunque en el pasado ha tenido actividades patrocinadas por en Instituto del Descubrimiento, para su crédito, recientemente se ha distanciado del diseño inteligente y del propio Instituto del Descubrimiento.

No obstante, su principal impulso puede describirse como intentar difuminar la línea entre la ciencia y la religión. El ofrecimiento principal de la Fundación es un premio cuyo valor está ajustado de tal forma que supera financieramente al del Premio Nobel (obteniendo, por tanto, publicidad y probablemente credibilidad a los ojos del público atontado por los dólares), para “el progreso en la investigación o descubrimientos sobre realidades espirituales”. Los primeros ganadores incluyen a la Madre Teresa y Billy Graham, pero los premios recientes han sido otorgados a científicos, incluyendo a físicos como Paul Davies y Freeman Dyson.

La tercera – y para mi la más importante pero menos cuantificable y por tanto más polémica – forma en la que la fe se cruza en el camino de las enseñanzas no científicas se retrae a la relación antagonista entre fe y ciencia. La aceptación ciega que es el vestíbulo de la fe podría, de no limitarse a la arena de la teología personal (es más, ¿por qué debería estar tan limitada?), comprometer la capacidad de pensar críticamente, un ingrediente clave en el pensamiento científico. Creo que en todos los aspectos de la vida, científicos y no científicos, debemos guiarnos por un pensamiento crítico y sentido común. (El último es un tema complejo, como se ejemplifica en la expresión “El sentido común de un hombre es un sinsentido para otro”. Tengo en mente un tipo de intuición o guía de juicio para el tipo de pensamiento científico y analítico que espero promover en nuestros estudiantes). Este siempre ha sido el caso, pero tal vez es cierto ahora más que nunca, dada la cantidad de insensateces mostrables en Internet a sólo uno o dos clicks de tu ratón.

Una saludable cantidad de escepticismo nos ayuda a evaluar si deberíamos creer lo que escuchamos o leemos. La aceptación ciega por autoridad no es una buena guía debido a que puede encontrarse virtualmente una autoridad que avance en cada dirección de cada tema, ya sea grande (si el ser humano es responsable o no del calentamiento global), pequeño (si deberíamos hacer estiramientos antes o después del ejercicio), o cualquiera intermedio.

Antes de aceptar una idea como válida, debe ser escrutada, o pasar por la “prueba del sentido común”. ¿Deberíamos creer que las lejanas estrellas y planetas tienen algún tipo de relación con mi vida diaria? Después de pensar sobre esta cuestión durante algún tiempo, no puedo concebir un mecanismo conocido para que esto suceda, por lo que tengo dudas, como mínimo: la astrología ha fallado la prueba del sentido común. Fallar en este test no es una prueba de que la idea sea falsa, por supuesto, pero coloca el “peso de la prueba” sobre la idea. Todas las religiones creo que fallan espectacularmente, debido a que incluso si no entran en conflicto directo con las observaciones científicas (el ejemplo mejor conocido de esto es, tal vez, la Biblia), colocan una gran importancia en fenómenos que nunca han sido observados bajo condiciones controladas (por ejemplo, las distintas [y nunca mutuamente incompatibles] nociones de vida después de la muerte encontradas en muchas religiones comunes).

Si uno se adhiere a tal sistema de creencias, se abre una especie de caja de Pandora. Se podría creer también que cierta gente tiene la capacidad de leer la fortuna, que el agua (etiquetada como medicina homeopática) puede curar virtualmente cualquier enfermedad, que nos reencarnaremos después de la muerte en una forma determinada por nuestro comportamiento en esta vida, etcétera. Como científicos podemos reírnos de estas creencias, aunque están muy extendidas, y son sintomáticas de una visión del mundo no científica, o, de forma equivalente, de una capacidad defectuosa de usar la prueba del sentido común.

Esta incapacidad, a mi entender, es un gran impedimento para comprender el mundo que nos rodea y es un impedimento para aprender ciencia.

Krauss dio varios ejemplo de analfabetismo científicos en los Estados Unidos, lo cual sería divertido si no fuera cierto. La más espectacular de ellas fue que sólo el 50% de los encuestados en un estudio reconoció que la Tierra da una vuelta alrededor del Sol en aproximadamente un año. Aunque no sé si tales pruebas se han realzado, sería interesante conocer la correlación entre religiosidad y la respuesta dada a esta pregunta.

¿Qué hay de la ignorancia, que de acuerdo con Krauss es el enemigo de la ciencia? Krauss puede perfectamente haber hecho una interpretación más coloquial de ignorancia como un terco rechazo a la aceptación de nuevas ideas, pero la ignorancia puede en realidad significa carencia de conocimiento. Para mí, si el objetivo es educar al público, entonces en cierto sentido Krauss tiene razón: la ignorancia es el enemigo. Sin embargo, me inclino a pensar que una persona ignorante pero de mente abierta, más que ser un enemigo, es exactamente donde pueden hacerse más progresos en la educación del público, por lo que en lugar de ver la ignorancia como el enemigo, lo vería como el objetivo principal, donde los recursos pueden usarse con mayor efectividad. Es mucho más fácil escribir en la pizarra en blanco de un ignorante que tenga la mente abierta que tener que borrar primero nociones preconcebidas que vayan en contra de la crítica necesaria para desarrollar una comprensión científica del mundo que nos rodea.

En resumen, he argumentado que la fe y la ciencia representan visiones antagonistas del mundo: la aceptación ciega es la piedra angular de la fe, y es diametralmente opuesta al escepticismo de mente abierta de un científico. Creo que la fe puede efectivamente impedir a los no científicos aprender ciencia, tanto indirectamente (en términos de la elección de un currículo escolar) como directamente (dado que la fe por su propia naturaleza y definición va contra una forma de pensar científica).

Stevie Wonder lo dijo mejor que nadie: “Cuando crees en cosas que no comprendes, entonces sufres. La superstición no es el camino”.



Próxima publicación en: Physics In Canada, Vol 68, no. 3 (2008).
Autor: Richard MacKenzie
Fecha Original: 24 de julio de 2008
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