El desconocido Sistema Solar IV: ¿De dónde proceden los cometas?

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El cometa Kohoutek, visto en 1991. Originalmente se pensaba que era un objeto de la lejana Nube de Oort, pero posteriores estudios sugieren que en realidad procede del Cinturón de Kuiper (Imagen: Denis Cameron / Rex)

Pocas apariciones cósmicas han inspirado tanto sobrecogimiento y terror como los cometas. El cometa Halley, particularmente llamativo, que apareció por primera vez en el Sistema Solar en 1986, aparece en el Talmud como “una estrella que aparece una vez cada setenta años que confunde a los capitanes de los barcos”. En 1066, la aparición del cometa fue observada como un presagio del apocalipsis antes de la Batalla de Hastings; en 1456, se dijo que el Papa Calixto III lo excomulgó.

La ciencia moderna toma una visión más moderada. Cometas tales como el Halley son conglomerados de polvo y hielo que orbitan alrededor del Sol en caminos altamente elípticos, adquiriendo sus espectaculares colas en el viendo de partículas cargadas que fluye desde el Sol. Incluso sabemos su origen: son Objetos del Cinturón de Kuiper (KBOs) sacados de sus órbitas regulares por Neptuno y Urano.

Pero existe un problema. Ciertos cometas, tales como el Hale-Bopp, que pasó sobre la Tierra en 1997, parecen simplemente muy poco frecuentes en nuestros cielos. Sus órbitas deben ser muy largas, demasiado largas para tener un origen en el Cinturón de Kuiper. La conclusión de muchos astrónomos es que el Sistema Solar conocido está rodeado en todas direcciones de un tenue halo de parias helados, arrojados fuera de la vecindad inmediata del Sol hace miles de millones de años por la gravedad de los planetas gigantes.

Esta Siberia celeste es conocida como la Nube de Oort, debido al astrónomo holandés Jan Oort, quien propuso su existencia en 1950. Esta difusa esfera de material que rodea al Sistema Solar nunca se ha observado, pero si los cometas de periodo más largo son un buen punto para juzgar, debe ser enorme, llegando aproximadamente 1000 veces más lejos que el borde exterior del cinturón de Kuipre. A unas distancias tan enormes, no habría planetas en tránsito que arrojasen los cometas hacia el Sol – sería el tirón de la Vía Láctea y las estrellas cercanas. La Nube de Oort sería verdaderamente donde nuestro Sistema Solar se encuentra con el vacío.

Desgraciadamente, si buscar el Planeta X ya es difícil, observar la Nube de Oort es una pesadilla. Simplemente es demasiado lejana y tenue, y sus componentes demasiado pequeños para que los observen los telescopios. Esto es una pena, dado que contar y estimar el tamaño de tales objetos podría ayudar a reconstruir la imagen del lugar de nacimiento del Sol, y tal vez proporcionarnos una visión de un material no adulterado a partir del cual los planetas gigantes se unieron.

Hasta el momento, la única información sobre estos escombros primordiales procede de los cometas extraviados y los mayores KBOs, los cuales deberían tener una composición similar. “Es como intentar imaginar qué aspecto tiene una ballena a partir del orificio nasal por una parte y de la punta de la cola por otra”, dice Hal Levison, científico planetario en el Instituto de Investigación del Suroeste en Boulder, Colorado.

Incluso así, cartografiar el resto de la ballena podría estar sólo a unas décadas de distancia. Los objetos de la Nube de Oort deberían atenuar y difractar la luz procedente de las estrellas lejanas. Estas ocultaciones duran apenas una fracción de segundo, pero los astrónomos pueden usarlas para medir el tamaño y distancia del cuerpo intermedio, una técnica que ya están siendo puesta en marcha para los KBOs. El parpadeo producido por las turbulencias en la atmósfera de la Tierra hace imposibles las sutiles detecciones de los objetos más lejanos de la Nube de Oort en detectores terrestres, pero futuros estudios con telescopios espaciales deberían ser capaces de detectarlos en gran número.

Aún quedan otros misterios. El número y trayectoria de los cometas de periodo largo parecen hasta el momento sugerir que la Nube de Oort podrían contener billones de objetos de un kilómetros de diámetro o mayores, con una masa combinada de varias veces la de la Tierra. Esto es más materia de la que nuestras actuales ideas sobre la formación del Sistema Solar pueden explicar – lo cual significa que nuestros modelos podrían necesitar una profunda revisión, dice Levison.


Autor: Rachel Courtland
Fecha Original: 28 de enero de 2009
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