Alfabetización científica y decisión

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Recientemente mi buen amigo y colega bloguero Eugenio Manuel hacía su estreno como colaborador del sitio web El Porta(L)voz con un artículo muy interesante sobre la energía nuclear y la necesidad de la alfabetización científica del ciudadano medio. Mi felicitación por esta colaboración y por el artículo, el cual me ha parecido muy interesante tanto en el fondo como en la forma, muy bien escrito.

En un principio había pensado dejar un comentario en su blog, dado que en el original no se permiten, pero debido a que mi reflexión era un tanto extensa he preferido usar este post para dejar mi opinión respecto al tema y de paso abrir el debate a todos los lectores.

El artículo, bajo el título: “¿Energía Nuclear? Que decidan los científicos”, hace un breve repaso sobre los sutiles matices entre el riesgo y el peligro, los beneficios y realidades de la era nuclear y finalmente una reflexión acerca de la alfabetización científica. Como antes comentaba, estoy bastante de acuerdo en todo lo comentado, salvo en el título con el que estoy en completo desacuerdo.

¿Deberían ser los expertos los que decidieran sobre temas de su ámbito en cuestiones que afectan a toda la población?

La pregunta no es baladí. Vivimos en un mundo donde la ciencia y la tecnología nos rodea, y donde cada vez más la importancia de una educación científica sólida se hace patente para poder dar respuesta a importantes temas sociales. Hoy en día todos tenemos una opinión sobre el cambio climático, la investigación con células madre, el aborto y demás temas con una profunda carga científica pero, ¿realmente estamos preparados e informados para decidir? Y, en caso de tener una respuesta negativa a la anterior pregunta, ¿quiere decir eso que debemos delegar esa responsabilidad en los expertos, como apunta el título del artículo?

Abordemos la primera pregunta. Echando un vistazo a la última encuesta del FECYT (Fundación Española para la Ciencia y Tecnología) podemos obtener ciertas conclusiones. Primero, más del 30% de la población española no tiene interés por la ciencia. Esto ya supone una alarma considerable, una de cada tres personas, prácticamente, considera que la ciencia es algo ajeno a su vida cotidiana, y por lo tanto no merece la pena su atención. Un segundo aspecto importante es que más 80% de los encuestados afirman que reciben información sobre ciencia a través de la televisión, mientras que apenas un 10% acuden a libros o revistas especializadas. ¿Podemos considerar éste un medio adecuado para la transmisión de información científica relevante? Tal y como está actualmente la parrilla televisiva, parece claro que la respuesta es un rotundo no.

Es un hecho que la divulgación científica trae consigo una pérdida de información. Desde que un investigador condensa años de estudio y trabajo en un artículo presentado a una revista especializada, hasta que llega a un informativo televisivo donde en 30 segundos se resume su labor con unas frases y unas imágenes, la pérdida de información es mayúscula. El problema surge cuando tal pérdida de información conlleva una falta de rigor, un sesgo informativo y, sobre todo, una falsa sensación de estar informado sobre la materia. Los dos primeros aspectos se suplen con curiosidad y contraste de información, el verdadero problema surge cuando el ciudadano cree que la información obtenida es más que suficiente y totalmente fiable como para basar su juicio en ella.

Apoyándonos en esos dos datos podríamos concluir que, al menos para un extenso grupo de la población, la respuesta a si estamos preparados para decidir sobre temas científicos que afecten a la sociedad es no.

Pasamos entonces a la segunda pregunta, ¿debemos delegar esta responsabilidad en los expertos? En mi opinión, no. Y, paradójicamente, cito el mismo artículo de Eugenio Manuel:

Pero dejemos a los expertos que valoren, no a periodistas de tres al cuarto que meten miedo en la mente de la gente.[…] Deberían dejar al ciudadano opinar, pero con toda la información, es decir, alfabetizar científicamente a la población, popularizar la ciencia y no desacreditar a los científicos.

Efectivamente, la labor del científico debe ser la de evaluador, analizar objetivamente un problema, y proponer soluciones al mismo, pero en ningún caso deber ser la toma de decisiones, que corresponde al conjunto del tejido social, que por otra parte es el afectado.

Recientemente Barack Obama lo resumía muy bien tras la firma del acuerdo para la investigación con células madre en Estados Unidos: “Tomaremos decisiones científicas basadas en hechos, no en ideología”.

Pero ya que acudimos a nuestro derecho a decidir, también hemos de tener muy claro nuestro deber como ciudadanos. Cuando emitimos nuestra opinión sobre una materia, debe ser fundamentada. Evidentemente no podemos dominar todos los campos y áreas del conocimiento, los años del ideal ilustrado ya pasaron, pero sí que es obligatorio (o debería serlo) un mínimo de conocimiento, y sobre todo de curiosidad, sobre las materias que debemos decidir. Es nuestra responsabilidad.

Ahora ambos extremos, el social y el científico, deben tocarse. Ese amplio porcentaje de ciudadanos no interesados por la ciencia deben tomar conciencia de que su opinión cuenta, y para opinar debe informarse, y una falta de información sólo lleva a un juicio incorrecto.

Por su parte, la ciencia debe acercarse a la sociedad. De ese más del 30 por ciento de ciudadanos no interesados en la ciencia, el grupo principal lo encabezan aquellos que no les interesa porque no la entienden. Desde el ámbito científico debe hacerse un esfuerzo por hacer llegar esa información de una forma clara, directa y comprensible a la gente de a pie tratando de hacer que esa transición divulgativa sea menos traumática y conlleve la menor pérdida de información posible sin exigir profundos conocimientos en el receptor.

Y ahí es donde es donde intento situar este blog.

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