Un aspecto frustrante de nuestro debate sobre la compatibilidad de ciencia y religión era la cantidad de esfuerzo gastado argumentando sobre las definiciones, en lugar de la sustancia. Cuando uso palabras como “Dios” o “religión”, intento usarlas en el sentido que son consistentes con cómo se han comprendido (al menos en el mundo Occidental) a lo largo de la historia, por la gran mayoría de creyentes contemporáneos, de acuerdo a las definiciones que puedes encontrar en un diccionario. Me parece claro que, mediante esos estándares, la creencia religiosa normalmente implica distintas afirmaciones de cosas que suceden en el mundo real – por ejemplo, el nacimiento virginal o la resurrección final de Jesús. Esas afirmaciones pueden ser juzgadas por la ciencia, y no dan la talla.

Alguna gente prefiere definir la “religión” de tal forma que sus creencias religiosas no abarcan nada que suceda en el mundo. Y eso está bien; las definiciones no son correctas o incorrectas, simplemente útiles o inútiles, donde la utilidad se juzga por la claridad del intento de comunicación de uno. Personalmente, creo que usar “religión” de esta forma no es claro. La mayor parte de cristianos estarían en desacuerdo con la afirmación de que Jesús nació porque José y María practicaron sexo y su esperma fertilizó su óvulo y que las cosas fueron de forma normales a partir de ahí, o que Jesús en realidad no resucitó de entre los muerto, o que Dios no creó el universo. La Congregación para las Causas de los Santos, cuyo trabajo es juzgar si un candidato a canonización realmente ha realizado el número de milagros, probablemente no estaría de acuerdo en que los milagros no ocurren. Francis Collins, recientemente nombrado para dirigir el NIH, defiende que algún tipo de hipótesis de Dios ayuda a explicar el valor de las constantes fundamentales de la naturaleza, de la misma forma que lo haría una Gran Teoría Unificada. Estas visiones no son de ninguna manera marginales, incluso sin profundiza en las variedades más extremas del literalismo bíblico.

Además, si una persona religiosa realmente creyese que nada en el mundo podría ser perfectamente explicado por medios comunes no religiosos, pensaría que debe gastar la energía de sus argumentos dedicándolos a los muchos millones de personas que creen que el nacimiento virginal y la resurrección y la promesa de una vida eterna y la eficacia de un sacerdote intermediario son literalmente ciertas, en lugar de con un puñado de bloggers ateos con los que concierta en casi todo sobre lo que sucede en el mundo. Pero este es un país libre, y la gente es bienvenida a definir las palabras a su gusto, y defenderlas con quién desee.

Pero hay un tema que es más interesante y sustancial que yace bajo la superficie. En ese mensaje me centré en el significado de “religión”, pero aludía al hecho de que los defensores del Magisterio No Solapado a menudo representan de forma equivocada también la “ciencia”. Y esto, creo, no es sólo cuestión de definiciones: podemos estar más o menos de acuerdo en lo que significa “ciencia”, y aún así no estarlo en qué preguntas tiene la capacidad de responder. Entonces, este es un tema que merece la pena estudiar con más cuidado: ¿qué tiene en realidad la ciencia la capacidad de hacer?

Pienso en una popular pero muy mala estrategia para responder a esta pregunta: primero, intenta destilar la esencia de la “ciencia” y reducirlo a algún eslogan con gancho, y luego preguntas caen bajo el ámbito de ese eslogan. En distintos momento de la historia, eslóganes populares de elección podrían haber sido “el método científico Baconiano” o “positivismo lógico” o “falsacionismo Popperiano” o “naturalismo metodológico”. Pero esta táctico siempre lleva a problemas. La ciencia es una empresa humana compleja, notoriamente difícil de reducir mediante procedimientos rutinarios. Una estrategia mucho mejor, creo, es considerar ejemplos específicos, imaginar qué tipo de preguntas puedes puede abordar la ciencia racionalmente, y compararlas con las que estamos interesados.

Aquí está mi ejemplo favorito de cuestión. Alfa Centauri A es una estrella de tipo Ga poco más de 4 años luz de distancia. Elige ahora algún momento concreto de hace mil millones de años y ampliar el centro exacto de la estrellas. Los protones y electrones colisionando entre sí todo el tiempo. Considera la colisión de los dos electrones más cercanos al momento exacto y en ese punto preciso del espacio. Ahora preguntamos: ¿se conservó el momento en esa colisión? O, para hacerla ligeramente más empírica, ¿estaba la magnitud del momento total tras la colisión dentro de un uno por ciento de la magnitud total del momento antes de la colisión?

Esta se supone que no es una pregunta con truco; no tengo ningún conocimiento especial o teoría sobre el interior de Alfa Centauri que tú no tengas. La respuesta científica a esta pregunta es: por supuesto, el momento se conservó. La conservación del momento es un principio de la ciencia que se ha comprobado con gran precisión en todo tipo de experimentos, tenemos todas las razones para pensar que sigue siendo verdad en esta colisión concreta, y ninguna en absoluto para dudar de ello; por tanto, es perfectamente razonable decir que el momento se conservó.

Un purista podría argumentar, bueno, no podrías estar seguro. No observaste ese evento concreto, después de todo, y más importante aún, no hay una forma concebible de que puedas captar datos en la época actual que responda la pregunta de una forma u otra. La ciencia es una empresa empírica, y debería guardar silencio sobre las cosas sobre las que no es posible una adjudicación empírica.

Pero eso es una absoluta locura. Así no es como funciona la ciencia. Por supuesto que podemos decir que el momento se conservó. Es más, si alguien analizase en serio la lógica del párrafo anterior, la ciencia sería un esfuerzo completamente inútil, dado que nunca podríamos hacer afirmaciones sobre el futuro. Las predicciones serían imposibles, dado que aún no han sucedido, por tanto no tenemos datos sobre ellas, y la ciencia debería guardar silencio.

Todo esto está completamente mezclado, dado que la ciencia no funciona fenómeno a fenómeno. La ciencia construye teorías, y luego compara los datos empíricamente recopilados, y decide qué teorías proporcionan un mejor encaje con los datos. La definición de “mejor” es notoriamente resbaladiza en este caso, pero una cosa está clara: si dos teorías hacen el mismo tipo de predicciones de fenómenos observables, pero una es mucho más simple, siempre preferiremos la más simple. La definición de teoría también general ocasionalmente problemas, pero el lenguaje común no debería oscurecer el potencial alcanzado por la idea: ya las llamemos teorías, modelos, hipótesis, o como quieras, la ciencia pasa un juicio sobre las ideas de cómo funciona el mundo.

Y esto es un punto crucial. La ciencia no hace un montón de experimentos sobre objetos en colisión y dice “el momento se conservó en esa colisión, y en esa”, y se detiene aquí. Hace experimentos, y entonces propone marcos de trabajo para la comprensión de cómo funciona el mundo, y entonces compara esos marcos de trabajo teóricos con los datos experimentales, y – si los datos y la teoría parecen bastante buenos — pasa el juicio. Los juicios son necesariamente tentativos — se debería estar abierto a la posibilidad de mejores teorías o sorprendentes datos nuevos — pero no son menos útiles por eso.

Además, estos marcos de trabajo teóricos vienen con los dominios de validez apropiados, dependiendo tanto de los datos experimentales que tengamos disponibles como del propio marco de trabajo teórico. A las bajas energías disponibles para nosotros en experimentos de laboratorio, tenemos gran confianza en que el número bariónico (el número total de quarks menos antiquarks) se conserva en cada colisión. Pero no necesariamente extendemos eso a energías arbitrariamente altas, debido a que es fácil pensar en extensiones perfectamente cómodas y prácticas de nuestra actual comprensión teórica en la que el número bariónico podría violarse perfectamente — es más, es extremadamente probable, dado que existen mucho más quarks que antiquarks en el universo observable. Por el contrario, creemos con mucha confianza que la carga eléctrica se conserva a energías arbitrariamente altas. Esto se debe a que los puntales teóricos de la conservación de carga son mucho más robustos e inflexibles que los de la conservación del número bariónico. Un buen marco de trabajo teórico puede ser extremadamente severo y tener un ámbito tremendo, incluso si sólo lo hemos comprobado en un parpadeo de tiempo cósmico en la pequeña mota que es nuestro planeta.

La misma lógica se aplica, por ejemplo, al caso altamente contencioso del multiverso. El multiverso no es, por sí mismo, una teoría; es una predicción de cierta clase de teorías. Si la idea fuese simplemente “Hey, no sabemos lo que hay fuera de nuestro universo observable, por lo que puede haber todo tipo de locuras ahí fuera”, sería risible y sin interés. Por los estándares científicos, quedaría muy corto. Pero el tema es que varios intentos teóricos de explicar fenómenos que observamos directamente justo frente a nosotros — como la gravedad, y la teoría de campo cuántico — nos llevan a predecir que nuestro universo sería uno entre muchos, y por consiguiente sugerir que tomemos en serio la situación cuando hablamos de la “naturalidad” de varias características de nuestro entorno local. El tema, por el momento, no es si realmente existe o no el multiverso; es la forma en que pensamos sobre él y llegamos a conclusiones sobre su plausibilidad a través de exactamente el mismo proceso científico de razonamiento que hemos estado usando desde hace mucho tiempo. La ciencia no pasa el juicio sobre los fenómenos; pasa el juicio sobre las teorías.

La razón por la que confiamos en que el momento se conservará durante una colisión concreta hace mil millones de años es que la ciencia ha concluido (más allá de toda duda razonable, aunque no con una certeza metafísica) que el mejor marco de trabajo para la comprensión del mundo es uno en el que el momento se conserva en todas las colisiones. Es ciertamente posible que esta colisión concreta fuese una excepción; pero un marco de trabajo en el que fuese verdad necesitaría ser más complejo, sin proporcionar ninguna explicación mejor para los datos que tenemos. Estamos comparando dos teorías: una en la que el momento siempre se conserva, y una en la que ocasionalmente no lo hace, incluyendo una hace mil millones de años en el centro de Alfa Centauri. La ciencia está bien equipada para llevar a cabo esta comparación, y la primera teoría gana de largo.

Ahora vamos a volvernos hacia una cuestión cercanamente análoga. Existen algunas evidencias históricas que, hace aproximadamente dos mil años en Galilea, nació una persona llamada Jesús de una mujer llamada María, y más tarde creció para ser un líder mesiánico y finalmente ser crucificado por los romanos. (Un tipo rebelde, por cierto — tendía a ser bastante doctrinario sobre los caminos a la salvación, y propenso a arrojar a mercaderes fuera de los templos. No muy “complaciente” si quieres decirlo así). La pregunta es: ¿cómo quedó embarazada María?

Una aproximación sería decir: simplemente no lo sabemos. No estábamos allí, no tenemos datos fiables, etc. Deberíamos callarnos.

La aproximación científica es muy distinta. Tenemos dos teorías. Una teoría es que María era virgen; nunca tuvo sexo antes de quedar embarazada, o encontró esperma de alguna forma. Su embarazo fue un evento milagroso, llevado a cabo por la intervención de del Espíritu Santo, una manifestación espiritual de un Dios trinitario. La otra teoría es que María quedó embarazada a través de canales relativamente convencionales, con la ayuda de (se supone) su marido. De acuerdo con esta teoría, las afirmaciones en la literatura inicial (aunque no contemporánea) son, simplemente erróneas.

No hay duda de que estas dos teorías pueden juzgarse científicamente. Una es conceptualmente muy simple; todo lo que requiere es que unos textos antiguos sean erróneos, lo cual sabemos que pasa habitualmente, incluso con textos que son considerablemente menos antiguos y considerablemente mejor corroborados. La otra es conceptualmente horrible; propone una desviación aislada e impredecible de las, de otro modo, reglas universales, e invoca un conjunto de categorías espirituales vagamente definidas por el camino. Según todos los estándares que los científicos han usado durante cientos de años, la respuesta es clara: la teoría de sexo y mentiras es enormemente más convincente que la del nacimiento virginal.

Lo mismo es cierto para otro tipo de eventos milagrosos, o afirmaciones sobre la inmortalidad del alma, o una mano divina guiando la evolución del universo y/o la vida. Estos fenómenos sólo tienen sentido dentro de una cierta amplitud del marco de trabajo para comprender cómo funciona el mundo. Y tal marco de trabajo puede juzgarse contra otros en los que no hay milagros etc. Y, sin fallo, el juicio científico cae a favor de una visión no milagrosa y o sobrenatural del universo.

Esto es lo que realmente significa mi afirmación de que ciencia y religión son incompatibles. Me estaba refiriendo a la interpretación de la religión de la Congregación para las Causas de los Santos, la cual engloba una variedad de afirmaciones sobre cosas que en realidad pasan en el mundo; no la interpretación de todo está en tu corazón, donde la religión no hace tales afirmaciones. (No tengo interés en argumentar sobre este punto dado que la interpretación es “correcta”). Cuando la religión, o cualquier otra cosa, hace afirmaciones sobre lo que sucede en el mundo, esas afirmaciones pueden, en principio, ser juzgadas por los métodos de la ciencia. Eso es todo.

Bueno, por supuesto, hay una cosa más: se ha hecho el juicio y las visiones que están un paso fuera de los límites de la explicación estrictamente natural se quedan cortas. Por “natural” simplemente indico la visión en la que todo lo que sucede puede explicarse en términos del mundo físico obedeciendo unas reglas no ambiguas, nunca perturbados por las intervenciones sobrenaturales y caprichosas de fuera de nuestra propia naturaleza. La preferencia por una explicación natural no es una suposición a priori hecha por la ciencia; es una conclusión del método científico. Sabemos lo bastante sobre el funcionamiento del mundo para comparar dos grandes marcos de trabajo teóricos: uno puramente naturalista, contra uno que incorpora algún tipo de componente sobrenatural. Para explicar lo que en realidad vemos, no hay duda de que la aproximación naturalista es simplemente más convincente al encajar con las observaciones.

¿Podría la ciencia, a través de su estrategia de juzgar hipótesis sobre la base de la comparación con los datos empíricos, ir más allá incluso del naturalismo y concluir que algún tipo de influencia sobrenatural era una característica necesaria para explicar lo que pasa en el mundo? Claro; ¿por qué no? Si los fenómenos sobrenaturales realmente existieran, y realmente influyesen sobre las cosas que suceden en el mundo, la ciencia habría bien en comprenderlos.

Es cierto que, dado el estado actual de datos y teorías científicas, la enorme preponderancia de pruebas cae a favor de un mundo puramente en términos naturales. Pero eso no quiere decir que la situación no pueda, en principio, cambiar. La ciencia se adapta a la realidad, sea cual sea la forma en la que se presente. En el amanecer del siglo XX, habría sido difícil encontrar un pilar de la física aceptada más firme que el principio del determinismo: el futuro puede, en principio, predecirse a partir del estado actual. Los experimentos que nos llevaron a inventar la mecánica cuántica lo cambiaron todo. Cambiar de una teoría en la que el presente determina un único futuro a una donde las predicciones son necesariamente probabilísticas por naturaleza en un terremoto increíble en nuestra descripción básica de la realidad. Pero la ciencia hizo la transición con una rapidez increíble, debido a que los datos lo demandaban. Algunos testarudos trataron de recuperar el determinismo a un nivel más profundo inventando teorías más inteligentes — que es exactamente lo que deberían haber hecho. Pero (para simplificar una compleja historia) no tuvieron éxito, y los científicos aprendieron a tratar con ella.

No es difícil imaginar un escenario hipotético similar desarrollándose para el caso de las influencias sobrenaturales. Los científicos hacen experimentos que revelan anomalías que no pueden explicarse por las teorías actuales. (Estas podría ser cosas sutiles a nivel microscópico, o la relativamente patente manifestación de ángeles con alas y espadas llameantes). Sufrirían para aparecer con una nueva teoría que encajase con los datos dentro del dominio del paradigma natural, pero no tendrían éxito. Finalmente, concordarían en que la teoría más convincente y económica es una con dos partes: una parte natural, basadas en reglas inflexibles, con un cierto rango de aplicabilidad bien definido, y una sobrenatural, para la cual no se pueden encontrar reglas.

Por supuesto, esta fase de comprensión podría ser una temporal, dependiendo del progreso futuro de teorías y experimentos. Esto es perfectamente válido; la comprensión científica es necesariamente provisional. A mediados del siglo XIX, antes de que la creencia en los átomos hubiese calado entre los físicos, las leyes de la termodinámica se pensaban que eran unas reglas separadas y autónomas, unidas a las frescas leyes newtonianas que gobiernan las partículas. Finalmente, a través de Maxwell y Boltzmann y otros pioneros de la teoría cinética, comprendimos mejor, y descubrimos cómo el comportamiento termodinámico podía ser incrustado en el paradigma Newtoniano a través de la mecánica estadística. Una de las cosas buenas de la ciencia es que es difícil de predecir su curso futuro. De la misma forma, la necesidad de un componente sobrenatural en la mejor comprensión científica del universo podría evaporarse — o no. La ciencia no supone cosas desde el principio; intenta tratar con la realidad tal y como se presenta, sea cual sea.

Aquí es donde la charla del “naturalismo metodológico” nos lleva por el mal camino. Paul Kurtz lo define como la idea de que “todas las hipótesis y eventos tienen que ser explicados y comprobados en referencia a causas y eventos naturales”. Esta “explicada y comprobada” es un error inocente. La ciencia prueba las cosas empíricamente lo cual es como decir por referencia a eventos observables; pero no tiene que explicar las cosas en referencia a causas y eventos naturales. La ciencia explica lo que ve de la mejor forma que puede — ¿por qué debería ser de otra forma? Lo importante es tener en cuenta los datos de la forma más simple y útil posible.

No hay obstáculo en principio para imaginar que el progreso normal de la ciencia pueda algún día concluir en que la invocación de un componente sobrenatural es la mejor forma de comprender el universo. Es más, este escenario es básicamente la esperanza de la mayor parte de los defensores del Diseño Inteligente. El punto no es que esto posiblemente no pudo pasar — es que no ha sucedido en nuestro mundo real. En el mundo real, de lejos el marco de trabajo teórico más convincente con los datos es uno en el cual todo lo que sucede está perfectamente tenido en cuenta por fenómenos naturales. Sin nacimientos virginales, sin resurrecciones a los tres días, sin vida después de la muerte ni Cielo, sin ajustes sobrenaturales en el curso de la evolución. Puedes definir “religión” como quieras, pero no puedes negar el poder de la ciencia para llegar a conclusiones de largo alcance sobre cómo funciona la realidad.


Autor: Sean Carroll
Fecha Original: 15 de julio de 2009
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2 Respuestas a “¿Qué preguntas puede responder la ciencia?”
  1. meneame.net dice:

    ¿Qué preguntas puede responder la ciencia?…

    Interesante artículo sobre el verdadero alcance y ámbito de la ciencia….

  2. Turok dice:

    Soy un fan de Sean Carroll.Me gusta como funciona su mente.Le conozco sus trabajos y está muy bien esa idea de un tiempo antes del tiempo(Big-Bang).Recomiendo su último artículo (PDF) ” What if really Time exist?” es muy interesante para argumentar acerca de la existencia o no existencia del tiempo.Su discusión en este trabajo está, como en el es habitual, sólidamente tejida.

  3.  
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