¡Bien dicho, Carl Sagan!

ComparteTweet about this on TwitterShare on FacebookEmail this to someoneShare on Google+Share on RedditShare on LinkedInPin on PinterestShare on TumblrPrint this page

Finalmente empecé la lectura de “Las Variedades de la Experiencia Científica” de Carl Sagan, un volumen editado por su esposa, Ann Druyan, y basado en una serie de Charlas Gifford sobre Teología Natural que impartió Carl en 1985 en la Universidad de Glasgow. El título del libro es una referencia directa, y un reto sutil, a la algo frustrante “Las Variedades de la Experiencia Religiosa” de William James (también basado en una serie de charlas, presentadas en la Universidad de Edimburgo en 1901). Aunque el texto de James es un clásico de la psicología y la filosofía, James trazó una distinción bastante simple sobre lo que llamó “mentes sanas” y “almas enfermas”, ambas analizadas en términos de otorgar poderes a las experiencias religiosas. Por no mencionar, por supuesto, que sugirió sarcásticamente a su audiencia de científicos que su ateísmo era tal vez el resultado de una disfunción hepática.

En cualquier caso, los ensayos de Sagan son sobre la relación entre ciencia y religión desde un punto de vista muy distinto al de James. Al mismo tiempo, es muy refrescante leer las palabras de un ateo positivo, el cual no recuerda a la airada e inflada retórica de Christopher Hitchens o Richard Dawkins. Por el contrario, el tono de Sagan siempre es medido y humilde, y aún así lanza (metafóricamente) un golpe mortal tras otro a los religiosos de su audiencia.

La ciencia del libro está inevitablemente un poco desfasada (aunque Druyan añadió notas aquí y allá para actualizar algunas de las afirmaciones o hechos). De nuevo, los ensayos no son sobre la ciencia per se, sino sobre el significado de la ciencia en nuestras vidas y sus conflictos con la perspectiva religiosa. Existen muchos pasajes preciosos que merecen la pena una cuidadosa consideración, pero uno en particular me impacto al inicio del libro (capítulo 1). Sagan está hablando sobre la abrumadora vastedad del espacio: aproximadamente cien mil millones de estrellas sólo en nuestra propia galaxia, la Vía Láctea, la cual es una de las más de 400 mil millones de galaxias del universo. Un universo que mide 46 500 millones de años luz de diámetros, y contiene del orden de 1080 átomos. Oh, y la mayor parte está vacío o lleno de materia oscura que no es parte de galaxias, estrellas o planetas.

Tras contemplar todo esto por un momento, Sagan dice: “Y este vasto número de mundos, la descomunal escala del universo, para mi no ha sido tenido en cuenta, ni siquiera superficialmente, virtualmente en ninguna religión, y especialmente en ninguna religión occidental”. Esto es exactamente cierto, y algo que apenas se discute en los debates entre ateos y teístas: las religiones humanas son completamente ajenas a la enormidad del espacio. Se habla mucho del “diseño inteligente” y los “principios antrópicos” y otras extravagantes ideas urdidas para convencernos de que hay pruebas científicas de que todo este tinglado fue puesto aquí por alguien (¡y que maravillosos resultados tuvo por todos sus esfuerzos!).

Pero la observación de Sagan deja claro que esta gente no tiene idea de en qué tipo de lugar vivimos. Como dijo Douglas Adams en su famosa “Guia del Autoestopista Galáctico”: “El espacio es grande. No creerías cómo de vasto, enorme, alucinantemente grande es. Quiero decir, puedes pensar que es como seguir un largo camino hacia los ultramarinos, pero eso sólo es una miseria para el espacio”. Así es. ¿Qué tipo de ingeniero inteligente crearía un artilugio (el universo) que necesita 13 000 millones de años para generar Homo sapiens, desperdiciando el 99,999999999999+ por ciento del espacio del universo? O tal vez sugiere Sagan, esta vasta cantidad de espacio y tiempo no ha sido desperdiciada, y Dios ha creado muchos otros mundos con gente. Pero en tal caso, ¿Jesús murió en la cruz de cada uno de ellos? Hay distintos Cielos e Infiernos para las distintas especies de ET? Las implicaciones teológicas son asombrosas, y casi por completo sin abordar.

Ah, los religiosos dirán, ¿pero quién somos para cuestionar los planes de Dios? Él (o ella, o ello, como Sagan escribe repetidamente) trabaja de formas notoriamente misteriosas. Pero es la escapatoria final. Es simplemente una forma elaborada y francamente insultante de decir “No tengo ni la más remota idea”. La gente tiene el derecho a creer cualquier estúpida historia que quiera creer (siempre que no intenten imponerla sobre otros), pero muchos religiosos desde Tomás de Aquino realmente quieren defender que sus creencias también son racionales, que no existe contradicción entre el libro de la naturaleza y los de sus escrituras. De ser así, tienen que responder a la pregunta de Sagan sobre por qué en los conocidos como libros sagrados no se dice nada sobre cómo de grande es en realidad el universo.

Sagan imagina cómo podría haber dictado Dios sus libros a los antiguos profetas de una forma en la que ciertamente habría impactado a las personas modernas. Podría haber dicho (cito a Sagan aquí directamente): “No lo olvides, Marte es un lugar oxidado con volcanes. … Entenderás esto más adelante. Créeme. … Qué tal, ‘¿No viajarás más rápido que la luz?’ … O ‘No existen marcos de referencia privilegiados.’ ¿O tal vez algunas ecuaciones? Las leyes de Maxwell en jeroglíficos egipcios o antiguos caracteres chinos o hebreo antiguo”. Eso sería impresionante, e incluso Dawkins tendría que rascarse la cabeza. Pero no, en lugar de eso tenemos historias triviales sobre tribus locales, una serie aparentemente interminable de “genealogías”, y una descripción del mundo como pequeño, joven y bastante plano.

El reto de Sagan es virtualmente ignorado por teólogos de todo el mundo. Y por una buena razón: es imposible responder coherentemente mientras se mantiene el núcleo de la mayor parte de las tradiciones religiosas. Los distintos dioses a los que la gente adora son simplemente demasiado pequeños para el universo en el que vivimos, lo cual no es una sorpresa una vez aceptado la verdad bastante obvia de que somos nosotros quienes hicimos a los dioses a nuestra imagen, y no al revés. ¡Te echamos de menos, Carl.


Autor: Massimo Pigliucci
Fecha Original: 11 de agosto de 2009
Enlace Original

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *