SETI Reevaluado: Uniéndose al club galáctico

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Star TrekEn este ensayo, David Schwartzman, biogeoquímico de la Universidad de Howard en Washington D.C., explica por qué cree que los alienígenas están ahí fuera, a pesar del hecho de que la búsqueda de inteligencia extraterrestre (SETI) sólo haya encontrado silencio. También esboza qué tenemos que hacer para que el planeta Tierra entre en el Club Galáctico.

El Gran Silencio, el fallo al detectar señales de inteligencias extraterrestres (ETI) mediante el programa observacional SETI durante los últimos 50 años, ha continuado y genera un gran ruido. No me refiero al ruido galáctico que puede ocultar una débil señal ETI, sino a todos los viejos argumentos que se reviven una y otra vez, ad infinitum. Más libros, más artículos, más silencio, más especulación. El último es la advertencia de Stephen Hawking a los terrícolas: mantén silencio o los alienígenas imperialistas nos devorarán cuando descubran que existimos. ¿Ha estado viendo Hawking demasiados DVDs de Star Wars? En lugar de esto, sospecho que el físico teórico más grande aún vivo está echándose unas risas a costa de nuestra ingenuidad.

A primera vista, Paul Davies en su nuevo libro The Eerie Silence propone algunas ideas nuevas. Sugiere que la aproximación del SETI observacional – que intenta detectar señales de banda estrecha dirigidas hacia la Tierra por una civilización extraterrestre – es probablemente inútil, dado que la existencia de una civilización comunicadora en la Tierra no será conocida por ninguna comunidad alienígena más allá de 100 años luz. En lugar de esto, defiende que “deberíamos buscar indicadores de inteligencia extraterrestre, usando toda la panoplia de instrumentos científicos, incluyendo trazas físicas de proyectos extraterrestres muy antiguos cerca o dentro del Sistema Solar. SETI de radio tiene que reorientarse a la búsqueda de balizas no dirigidas, mirando fijamente hacia el centro galáctico continuamente a lo largo de meses o años, y buscando eventos transitorios distintivos (‘pings’). Este “nuevo SETI” debería complementar, no reemplazar, al SETI tradicional de radio y óptico”.

Pero pensándolo de nuevo, tal vez estas ideas no son del todo nuevas. Ya he leído estas sugerencias antes en la literatura de SETI. Es más, encontré la mayor parte de ellas citadas en sus pies de página. No obstante, deberíamos agradecer a Davies que las recopilase en su estimulante y lúcido nuevo libro.

¿Cuáles son las posibles razones para este “Gran Silencio”? La siguiente lista, por supuesto, no es original:

1) Realmente estamos solos, o casi. No hay ETI, ni hay “Club Galáctico” – el nombre que dio el radioastrónomo Ronald Bracewell a la red de comunicación para civilizaciones avanzadas en nuestra galaxia (GC para abreviar).

2) El GC, o al menos las ETI existen, pero ignoran nuestra existencia (como Davies ha sugerido alguna vez).

3) No somos aptos para ingresar en el GC, por lo que el silencio es deliberado, con un protocolo muy estricto evidente: “¡Sin mensajes a las civilizaciones primitivas!” Sólo señales inadvertidas, esporádicas y no repetidas – por ejemplo la señal “Wow” – pueden ser detectadas por una civilización primitiva, con un contenido de la señal opaco no distinguible de señales naturales o ruido.

La primera explicación es contraria al trasfondo de la astrobiología, la creencia en una evolución astrofísica, planetaria y biológica cuasi-determinista. Esta visión de la inevitabilidad de la vida en el cosmos es una imagen (o, admitámoslo, un prejuicio) que apruebo de todo corazón. La mayor parte de los científicos activos en el programa de investigación astrobiológica apoyarían una estimación optimista de que todas las probabilidades llevan a vida pluricelular en un planeta similar a la Tierra alrededor de una estrella como el Sol.

Resulta que también soy optimista a este respecto. He defendido que la encefalización – una mayor masa cerebral respecto a la masa corporal – y el potencial para civilizaciones tecnológicas no son resultados muy raros en biosferas auto-organizativas como los planetas terrestres alrededor de estrellas como el Sol. El enfriamiento climático realizado bióticamente crea la oportunidad de organismos pluricelulares de cerebros grandes, tales como los animales de sangre caliente que observamos en nuestro planeta. Observa que varios de tales animales se ha visto que pasan el “test del espejo” para la auto-consciencia: los grandes simios, elefantes, delfines y urracas, y la lista sigue creciendo.

Pero algunos, como mi colaborador ocasional Charley Lineweaver, astrofísico en la Universidad Nacional Australiana, son profundamente pesimistas respecto a las posibilidades de que surjan otras civilizaciones técnicas en la galaxia. Ha defendido que: “humanos y delfines tienen 3500 millones de años de ancestros comunes compartidos. Durante el 98 por ciento de nuestra historia, humanos y delfines fueron lo mismo. Los genes necesarios para desarrollar esos grandes cerebros han sido ajustados en detalle a lo largo de miles de millones de años de evolución y ya estaban en ese lugar”. Lineweaver dice que si surgen civilizaciones avanzadas en algún lugar de la galaxia, no podemos esperar que tengan una inteligencia humanoide. Esto merece un ensayo por sí mismo.

Pero si los pesimistas conceden que sólo uno de los millones, si no miles de millones, de planetas similares a la Tierra son la plataforma de sólo una civilización técnica que madure a una etapa planetaria, avanzando más allá de nuestra actual etapa primitiva auto-destructiva, sólo una civilización avanzada con la curiosidad para expandirse a través de la galaxia, a velocidades sub-lumínicas con sondas de Bracewell para explorar y documentar la Enciclopedia Galáctica, entonces, ¿qué deberíamos esperar?

Primero, la galaxia debería estar poblada con puestos avanzados de vigilancia en una escala temporal mucho menor de lo que llevó a la Tierra producir esta civilización cósmicamente patética la que pertenecemos los casi 200 estados nacionales miembros de las Naciones Unidas, con la humanidad actualmente bajo dos Espadas de Damocles auto-fabricadas: las amenazas gemelas del catastrófico calentamiento global y la guerra nuclear.

Segundo, ELLOS, o al menos sus puestos avanzados seguramente saben que existimos, dado que creer que ELLOS ignoran nuestra existencia es asumir que alguien nos pasó por alto en su expansión por la galaxia, un escenario que simplemente encuentro de poco valor, si no increíble, para una civilización avanzada, especialmente una cuya existencia es de millones, si no miles de millones de años. Es importante señalar que esta conclusión se alcanza con la física y química actual, no con una teoría post-Einstein que supere la velocidad de la luz.

Por lo que nos queda la opción 3: los alienígenas deliberadamente evitan comunicarse con nuestro primitivo mundo. Suscribo que esta es, de lejos, la más plausible dado nuestro actual conocimiento de la ciencia y lo común de nuestra química y organización planetaria.

¿Por qué seríamos considerados primitivos? Esto debería ser obvio incluso para un terrícola. El mundo gasta 1,4 billones de dólares en presupuesto militar mientras que millones de nuestra misma especie mueren cada año por causas que se pueden prevenir. Las emisiones de carbono a la atmósfera siguen aumentando, incluso aunque hay actualmente tecnologías renovables disponibles tales como turbinas eólicas y son suficientes para reemplazar completamente nuestra infraestructura de energía no sostenible. Como J.D. Bernal dijo una vez: “Hay una posibilidad de que las civilizaciones más viejas y avanzadas en estrellas lejanas hayan alcanzado de hecho el nivel de intercomunicación permanente y formado… un club de intelectos en comunicación entre los cuales apenas estamos calificados para entrar y probablemente están examinando nuestras credenciales. A la vista de la caótica situación política y económica del mundo, de ningún modo seríamos aceptados”. (The Origin of Life, 1967)

Lee J Rickard y yo propusimos un escenario para una entrada eventual de la Tierra en el Club Galáctico en un artículo publicado en 1988 (Lee J Rickard es radioastrónomo y yo soy biogeoquímico). Propusimos que en algún momento futuro, nuestra civilización podría lograr una madurez suficiente para proceder con un programa de detección de lo que se conoce como radiación filtrada – las señales electromagnéticas de TV, radio y otras emisiones que se envían inadvertidamente al espacio (los radares militares son las más potentes, una posible firma universal de una civilización primitiva en su última etapa).

Este programa propuesto tenía una distinción clave de virtualmente todos los SETI observacionales: detectar una baliza dirigida procedente de los ET requiere que intenten enviarla. La ausencia de evidencia no es necesariamente evidencia de ausencia, si se carece de intención. Por otra parte, durante un periodo de tiempo relativamente corto, las civilizaciones primitivas como la nuestra filtran ondas de radio al espacio, señales no intencionadas que podríamos detectar potencialmente.

Los requisitos técnicos para una búsqueda a nivel galáctico vienen dictados por el tamaño del radiotelescopio, siendo el rango de detección proporcional al diámetro efectivo del telescopio. Un telescopio lo bastante grande situado en el espacio podría potencialmente fijar límites superiores significativos al ritmo de surgimiento de civilizaciones primitivas similares a la Tierra (‘N/L’ en la ecuación de Drake), sin siquiera detectar la filtración de radiación de alguna civilización ET.

Pero, ¿cómo de grande es el telescopio requerido para este proyecto, y cuánto costaría? Nuestro artículo de 1988 proporciona tales estimaciones: un diámetro del plato del orden de 500 kilómetros, con un coste aproximado de 10 billones de dólares. Tal vez el coste haya bajado algo (pero observa que la estimación está en dólares de 1988). Éste es seguramente un proyecto con una probabilidad ridículamente baja de implementación en el mundo actual. Sólo podría concebirlo en una civilización planetaria madura recientemente desmilitarizada, llámala “Tierra-Unida” (¡Por fin!), con alguna intención de implementar proyectos ambiciosos que no tienen aparentemente beneficios prácticos inmediatos. Entonces, y sólo entonces, detectaríamos con éxito un mensaje del GC, presumiblemente lo bastante débil para ser sólo detectable con un enorme radiotelescopio en el espacio.

Por otra parte, el GC puede estar monitorizando planetas bióticamente habitados por remotas sondas de Bracewell que tienen instrucciones programadas. Tal sonda estaría ahora posiblemente oculta en el Cinturón de Asteroides (como sugirió una vez Michael Papagiannis). De existir el GC, hubo mucho tiempo para configurar su sistema de vigilancia. Las sondas de vigilancia situadas en sistemas planetarios enviarían señales de bienvenida a las civilizaciones recién maduras, con el potencial de una conversación real con inteligencia artificial construida por el GC, o con entidades biológicas reconstruidas.

Si no existe este sistema de vigilancia propuesto, deberíamos esperar que el GC usara telescopios muy avanzados para monitorizar sistemas planetarios que tienen proyectos para el surgimiento de vida inteligente y civilizaciones avanzadas. Estos telescopios alienígenas podrían usar lentes gravitatorias alrededor de estrellas. Los sistemas planetarios candidatos podrían esperar recibir continuas balizas, pero las señales serían muy débiles o diseñadas para que sólo fuesen descifrables por civilizaciones recién maduras que acaban de superar los requisitos de entrada. El problema con este escenario es que tendría un retardo en la comunicación muy grande con el GC, debido a que estarían muy lejos. No obstante, la recepción de un mensaje rico procedente del GC es posible. Los recursos de material y/o energía necesarios para que se reconozcan estas señales deben corresponderse con una gran probabilidad a una civilización que acaba de llegar a la madurez. Por tanto, la inteligencia en la misma puede no ser el criterio para una detección exitosa y su descifrado, de otra forma un brillante científico de una civilización primitiva podría saltarse el control del GC.

Suscribo que si queremos entrar en el Club Galáctico, el reto está en reconstruir nuestra economía política global. El resultado sería algunos efectos colaterales menores, como no más guerra, no más pobreza, un futuro para todos los niños de la humanidad con una sustancial proporción de la biodiversidad intacta. No deberíamos esperar que el Club galáctico nos salve de nosotros mismos.


Referencia: Schwartzman, D. and L.J. Rickard, Being Optimistic about SETI, American Scientist, 76, No.4, 364-369.

Autor: David Schwartzman
Fecha Original: 24 de mayo de 2010
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