Siguiendo los pasos de Wakefield: Percepción del riesgo y vacunas

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VacunaEl pasado mayo, las autoridades médicas británicas despojaron al Dr. Andrew Wakefield de su licencia para practicar la medicina. En caso de que el nombre no te sea familiar, Wakefield fue el autor principal del artículo de 1998 publicado en The Lancet (y posteriormente retractado) que extendió un temor mundial sobre las vacunas. Ahora, el British Medical Journal ha pasado a la acción, investigando y publicando un informe que llama al estudio de Wakefiled un “elaborado engaño”, sugiriendo que Wakefield manipuló sus hallazgos para hacerse rico demandando a las compañías farmacéuticas.

La prensa dará a este último aspecto de la historia sus 15 minutos de fama. Pero la cobertura será principalmente sobre Wakefield. Se pondrá poca atención sobre la principal lección de esto. Miles de personas están ahora sufriendo todo tipo de enfermedades que habían sido casi erradicadas, enfermedades que ahora resurgen debido al temor de gente en todo el mundo a las vacunas, gracias tanto al Dr. Wakefield como la la innata capacidad humana de percibir y responder al riesgo. La lección es que, a veces, lo que hacemos para protegernos nos hace sentir seguros, pero empeora las cosas. Examinar cómo la psicología de la percepción del riesgo se desarrolló en el caso Wakefield, y sigue haciéndolo en la preocupación pública sobre las vacunas, pueden decirnos mucho sobre cómo evitar este riesgo en el futuro… el gran riesgo que surge cuando asumimos un riesgo de forma equivocada.

Wakefield et al. buscaron un vínculo entre autismo y la vacuna triple vírica (sarampión, paperas y rubeola). En su artículo ahora retractado, los autores comentan que: “No demostramos una asociación entre la vacuna triple vírica y el síndrome descrito”. Pero en las conferencias de prensa que anunciaban el artículo, Wakefield sugirió que tomar las vacunas por separado, en lugar de juntas, era la clave. Los padres de niños autistas que fueron sujetos del estudio… los DOCE niños… buscaban desesperadamente una explicación para su tragedia, y saltaron sobre esta pista, y doce años después el miedo a las vacunas de todo tipo se ha extendido mundialmente. Los índices de vacunación son bajos. La inmunidad de grupo a algunas enfermedades ha caído tanto que algunas enfermedades están empezando a extenderse de nuevo, en los Estados Unidos y el resto del mundo.

Con tanta seguridad como sabemos que las vacunas NO causan autismo, también sabemos, a partir de la investigación en la percepción del riesgo, que varias características psicológicas desempeñaron (y desempeñan) un gran papel en el miedo de la gente a las vacunas:

  • Sabemos que los riesgos provocados por los humanos son más terroríficos que los naturales. Las vacunas están hechas por los humanos.
  • Sabemos que un riesgo parecerá más atemorizante su viene con un bajo beneficio, y las vacunas nos protegen de enfermedades que están prácticamente erradicadas (gracias a las vacunas), por lo que sus beneficios se perciben como mínimos (incluso aunque permanece un bajo riesgo).
  • Sabemos que un riesgo impuesto nos da más miedo que uno que elegimos por voluntad propia, y la vacunación está impuesta por el gobierno (aunque se puede optar por no hacerlo).
  • Tenemos más miedo si no confiamos en la gente a cargo de nuestra salud y seguridad, y mucho gente no cree en los fabricantes de vacunas o en las agencias sanitarias gubernamentales que supervisan los programas de vacunación.
  • Por último, sabemos que cualquier riesgo sobre los niños evoca más miedo que el mismo riesgo sobre adultos, y todo el miedo al movimiento de las vacunas se inició, y aún se centra en gran medida, en los niños autistas.

No es del todo irracional responder al riesgo de esta forma. Cuando se trata de la percepción de un peligro potencial, que trata en última instancia de la supervivencia, hemos desarrollado estas características afectivas – confianza, elección, niños, riesgo frente a beneficio, entre otros – como herramientas para juzgar la situación rápida, instantánea y subconscientemente, por su “cantidad de riesgo”. No es racional ni irracional, el simplemente lo que hacemos.

Pero esta respuesta afectiva al riesgo puede llevar a lo que en mi libro (How Risky Is It, Really? Why Our Fears Don’t Always Match the Facts) llamo El Hueco de Percepción, un peligroso hueco entre nuestros sentimientos y los hechos sobre que algo puede tener riesgo. A veces tenemos más miedo de lo que dicen los hechos que tendríamos que tener (vacunas). Con muchas de las grandes amenazas, no tenemos bastante miedo (enfermedad infecciosa). El hueco entre nuestros miedos y los hechos puede ser por sí mismo peligroso. Simplemente pregunta a los padres de los miles de niños de todo el mundo que ahora están contagiándose, o muriendo, de enfermedades que las vacunas tenían bastante controladas.

Tenemos que empezar a poner más atención a lo que la psicología de la percepción del riesgo nos ha enseñado sobre por qué reaccionamos al riesgo de la forma en que lo hacemos. Tenemos que ser honestos con nosotros mismos y reconocer que, aunque nuestros sentimientos sobre un riesgo puedan ser correctos, estos sentimientos pueden generar nuevos peligros. Tenemos que temer al propio miedo…demasiado, o demasiado poco. Conforme hemos estudiado los riesgos en vacunas y autismo, también hemos estudiad la psicología de la percepción del riesgo, y hemos identificado sus agujeros. Podemos…deberíamos…usar ese conocimiento para hacer una gestión global del riesgo más inteligente en las elecciones que hacemos como individuos y como sociedad.

Y tenemos que hacerlo de forma proactiva, cuando surgen temas relacionados con el riesgo, antes de que nuestros sentimientos se asienten profundamente. Porque también sabemos a partir de los estudios de percepción del riesgo que, una vez que hemos hecho nuestra interpretación de lo que es seguro y lo que no, es muy difícil hacer que esa interpretación cambie. Uno de cada cuatro padres estadounidenses ahora rechaza vacunar a sus hijos. Esta última investigación sobre el Dr. Wakefield no cambiará eso. El daño que él y otro han hecho persistirá durante mucho tiempo…y continuará sirviendo como un recordatorio del riesgo al que nos enfrentamos si no reconocemos que la forma en la que percibimos el riesgo, puede ser en sí misma un riesgo.


Autor: David Ropeik
Fecha Original: 6 de enero de 2011
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