Una gran idea: encontrar vida extraterrestre con un presupuesto reducido

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Artículo publicado por Paul Raeburn el 17 de septiembre de 2012 en Discover

Miles de millones de planetas de nuestra galaxia tienen el potencial de albergar vida. Los astrónomos están desarrollando potentes pero asequibles formas de encontrarla.

El pasado diciembre de 2011 los astrónomos anunciaron con entusiasmo el descubrimiento de un planeta llamada Kepler 22b. A una distancia de 620 años luz, es el primer planeta encontrado por el telescopio espacial Kepler de la NASA que se encuentra situado en la zona de habitabilidad de su estrella (una región que puede albergar agua líquida, un requisito clave para la vida en la Tierra). Un ilustrador de la NASA llevó la noticia un paso más allá con la ilustración de más abajo, representando un sugerente mundo azul veteado de nubes, muy parecido al nuestro.

Kepler 22b

Kepler 22b Crédito: NASA


Desafortunadamente, Kepler no puede ofrecer ese nivel de detalle en los más de 2300 planetas similares descubiertos alrededor de otras estrellas. No nos puede confirmar si los planetas son rocosos, tienen oxígeno en su atmósfera, o presentan agua líquida en su superficie. En otras palabras, no puede decirnos lo que en realidad queremos saber: ¿Hay vida más allá de la Tierra?

A mediados de la década de 1990, cuando empezaron a descubrirse los primeros exoplanetas que orbitaban alrededor de otras estrellas, los ingenieros de la NASA propusieron algunas misiones que intentarían abordar esta pregunta. Una fue la “Terrestrial Planet Finder”, un telescopio espacial de más de 1000 millones de dólares que captaría la luz proveniente de los planetas de forma individual; posteriormente se usarían análisis espectroscópicos (separando la luz en sus diferentes longitudes de onda para determinar la composición de la atmósfera del planeta) para localizar moléculas afines a la vida como vapor de agua, oxígeno y metano.

Pero la NASA empezó a tener problemas presupuestarios, llevando a la paralización de la financiación del proyecto “Terrestrial Planet Finder” y de otros proyectos dedicados a al búsqueda de vida. Como resultado no había ninguna misión importante que promover cuando Kepler despegó en 2009.

“La realidad fiscal es frustrante”, comenta Mark Swain, astrofísico del Laboratorio de Propulsión a Chorro (Jet Propulsion Laboratory) de la NASA en Pasadena, California. “Pero, al mismo tiempo, es un reto emocionante tratar de encontrar la manera de continuar con todos estos importantes descubrimientos”.

Al paralizarse la financiación, la emoción en torno a los exoplanetas no ha hecho sino incrementarse. Los resultados obtenidos por Kepler están contribuyendo de forma convincente a engrosar el número total y la variedad de los descubrimientos planetarios. Otros estudios recientes sugieren que nuestra galaxia, la Vía Láctea, contiene más de 100 000 millones de planetas. Decenas de miles de millones de estos podrían, a su vez, disponer de las temperaturas adecuadas para la existencia de agua líquida. La recompensa de encontrar planetas potencialmente habitados tiene a los astrónomos dedicados en encontrar las vías para revivir el espíritu del “Terrestrial Planet Finder”, pero a partir de un presupuesto muy ajustado.

Maximizar el beneficio sin riesgos

El truco para mantener los costes bajo mínimos, es concentrarse en los planetas que giran alrededor de estrellas relativamente brillantes y cercanas (las más fáciles de detectar). Swain es el investigador principal del “Fast Infrared Exoplanet Spectroscopy Survey Explorer (FINESSE)”, una propuesta para un telescopio espacial de 30 pulgadas (76 centímetros) que investigaría más de 200 planetas que orbitan alrededor de estrellas cercanas para conocer datos de sus atmósferas y cómo se formaron. El telescopio estudiaría cada estrella para determinar cómo varía su luz al pasar un planeta por delante y por detrás de ella. Observando qué longitudes de onda son absorbidas al pasar la luz de la estrella a través de la atmósfera del planeta, los astrónomos pueden determinar si la atmósfera contiene agua, monóxido de carbono, metano y dióxido de carbono.

Paralelamente, un grupo de astrónomos dirigido por el MIT están desarrollando el “Transiting Exoplanet Survey Satellite”, o TESS, un satélite que contiene diversos telescopios que barrerían todo el cielo, buscando exoplanetas en la zona de habitabilidad de las estrellas más próximas y brillantes. TESS no realizaría el análisis espectroscópico por sí mismo; este trabajo se dejaría para los observatorios como el Telescopio Espacial Hubble o el próximo Telescopio Espacial James Webb (el cual será más grande y más potente que el Hubble y dispone de un espectrógrafo diseñado específicamente para el estudio de las atmósferas planetarias.

El pasado septiembre, la NASA dio 1 millón de dólares, tanto a FINESSE como a TESS, para que establezcan unos objetivos de misión más detallados. Si cualquiera de ellos se envía finalmente al espacio, dispondrá de un presupuesto de 200 millones de dólares (una fracción del que iba a disponer el proyecto Planet Finder rechazado en 2007) y una fecha de lanzamiento alrededor del 2016.

Oportunidad a corto plazo

Algunos astrónomos están realizando una aproximación todavía más austera, saltándose las grandes misiones espaciales en favor de iniciativas en la red, o de telescopios más pequeños para localizar exoplanetas cercanos.

MEarth es un proyecto de 1 millón de dólares para la búsqueda planetaria desde la superficie. Cuenta con ocho telescopios idénticos de 16 pulgadas (40 centímetros), localizados en Arizona y preparados para buscar planetas que giran alrededor de estrellas cercanas más pequeñas y frías que nuestro sol. Los resultados se trasladan a dos telescopios más potentes para realizar la necesaria espectroscopía. En 2009 MEarth encontró su primer planeta, Gliese 1214b; a principios de este año, un grupo de científicos analizó la luz proveniente del planeta utilizando el telescopio Hubble y concluyeron que presenta una atmósfera densa formada por abundante vapor de agua, a pesar de que el planeta está demasiado caliente para poder soportar la vida tal como la conocemos en la Tierra.

La astrónomo Sara Seager, del MIT, tiene previsto enviar varios telescopios al espacio, pero en su caso la ayuda que solicita, cercana a los 15 millones de dólares para la misión ExoplanetSat, no precisa un lanzamiento por sí misma. A diferencia de ello, sus aproximadamente docenas de minisatélites, cada uno de ellos no más grande que una rebanada de pan, serían llevados al espacio aprovechando los cohetes lanzados en otras misiones. Las secciones más altas de estos cohetes contienen pequeños compartimentos que podrían albergar los telescopios de Seager y dejarlos en la misma órbita que el resto de la carga del cohete. Una vez en órbita, cada telescopio se centraría en una estrella en concreto y buscaría planetas a su alrededor.

Si bien Seager preferiría una misión con un mayor presupuesto, como la “Terrestrial Planet Finder”, se conforma con mantener activa la búsqueda de exoplanetas. A pesar de que saber de la existencia de estos planetas, como Kepler 22b, es emocionante, el sueño dorado de los astrónomos es encontrar vida y poder estudiarla de cerca.

“Queremos abrir un camino para el futuro, para que cuando la gente sepa cómo ir, puedan hacerlo” afirma Seager. “Creemos sinceramente que algún día encontrarán la forma de hacerlo”.


Autor: Paul Raeburn
Fecha Original: 17 de septiembre de 2012
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